Novela fundacional de un grupo

Fue el triunfo de una etiqueta, que presagiaba la eclosión de los sixties pero sin verdaderas causas a las que acogerse. Los angry young men se postulaban como un movimiento vagamente contestatario que proponía la impugnación del establishment social y cultural, pero a lo más que llegaron fue a ensayar su caricatura. Publicada tres años después que Lucky Jim (1954) de Kingsley Amis, Un lugar en la cumbre es la otra novela fundacional de un grupo, el de los jóvenes airados, que obtuvo gran resonancia en la Inglaterra del medio siglo, aunque su notoriedad apenas rebasó la década. La ópera prima de Braine fue todo un éxito, reforzado por la versión cinematográfica de Jack Clayton -Oscar al mejor guión adaptado-, pero su autor, que años después escribiría una segunda parte, nunca repitió las cotas alcanzadas en su debut literario. Leída ahora, medio siglo después de su publicación, la novela mantiene su frescura, aunque su poder corrosivo, por ejemplo a la hora de mostrar las relaciones adúlteras con toda crudeza, ha envejecido bastante.

Joe Lampton es un joven de extracción obrera que ha vuelto de la guerra decidido a ascender como sea en la escala social, y para ello se instala en una ciudad ficticia del norte de Inglaterra, donde vive realquilado ejerciendo como contable. Desde el principio, se propone medrar en una sociedad provinciana que desea olvidar cuanto antes las secuelas de la contienda. Es el propio protagonista, años después, quien nos cuenta la historia, sin ocultar su falta de escrúpulos ni su ambición desmedida. Lampton es un rebelde, pero su discurso no se acoge a programas redentores de ninguna clase, antes bien, su conducta parece guiada por el resentimiento y el deseo de abandonar para siempre el ambiente de mediocridad que le rodea, del que él mismo forma parte. El dinero, el prestigio, el triunfo a toda costa son los móviles de su calculada estrategia, que tiene como único fin el asalto a la cumbre. Se debate entre dos amores, la joven de fortuna y la mujer malmaridada, e inevitablemente elige el que puede llevarle a la meta que se ha trazado. Ve la corrupción moral generalizada, pero se limita a describirla desde una perspectiva cínica y en el fondo complaciente. Lampton tiene bastantes cosas en común con el afortunado Jim, entre ellas su escepticismo y su inmoderada afición a la bebida, pero resulta bastante más antipático que el personaje de Amis, a quien su propia indolencia mantenía a salvo de las veleidades arribistas. Ambos son igualmente corrosivos, pero si Jim se limitaba a hacer el payaso sin prever las consecuencias, Joe no pierde nunca de vista el beneficio. No extraña, en fin, que ambos autores, Braine y Amis, acabaran convertidos en dos reaccionarios de opereta.

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