Muchas tramas para un asesino

Hoy muchos los han olvidado; o los han escarnecido como pesadas y polvorientas losas que las momias académicas ponen sobre la creación, para asfixiarla; o los han enterrado, para hacer creer que no existen. Pero existen, y son el patrón por el que lo valioso se mide: por eso les temen tanto los mediocres. Son los clásicos, siempre inacabados y a la espera de nuevas lecturas que los vayan completando; siempre nuevos en sus ilimitadas posibilidades de lecturas y relecturas; siempre generosos a la hora de ofrecerse como modelos o como blancos que también aspiran a ser transgredidos (eso sí: sólo por quienes lo merecen por el conocimiento que de ellos tienen).

Todo género cinematográfico los tiene, y si mal le van las cosas al cine cuando los imita servilmente, peor le va cuando los ignora. El cine de terror o de tensión, en su variante de asesinos en serie, tiene varios clásicos con los que toda película que trate de ellos ha de confrontarse; entre ellos La noche del cazador de Laughton, Psicosis de Hitchcock, El cebo de Vajda y La ofensa de Lumet, en lo puramente ficcional; Monsieur Verdoux de Chaplin en el humor negro; y El estrangulador de Rillington Place de Fleischer, en la reconstrucción de hechos reales. Richard A. Evans y Raynold Gideon -guionistas ambos y director el primero- han ignorado en Mr. Brooks la lección de los clásicos (ya sea para inspirarse en ellos o transgredirlos) y su película lo acusa.

Si se tiene una buena idea -un empresario modélico es un adicto al crimen tras haberse visto obligado a matar-, ¿porqué complicarla con una derivación llena posibilidades -es descubierto por alguien que no reacciona como cabría esperarse- pero también de peligros? Y puestos a complicarla, ¿por qué añadir el bucle psicologizante de visualizar (mejor: verbalizar) el desdoble de personalidad? Y metidos ya en tantas complicaciones, ¿por qué añadir el personaje de la policía? Las grandes películas de asesinos en serie se centran en su personaje, como si su obsesión fuera un sumidero hacia la nada que aspirara todo cuanto les rodea. En La noche del cazador están solos, en un universo esencializado, el asesino y sus víctimas. En Psicosis todo es Norman Bates, desde que aparece tras el mostrador entre pájaros disecados hasta el plano final en el manicomio. En El estrangulador de Rillington Place y El cebo las personalidades húmedas y pegajosas de los personajes, interpretados con genio por Richard Attemborough y Gert Fröbe, llenan cada milímetro de la película.

En Mr. Brooks, en cambio, el interesante personaje del hombre ejemplar que para su desgracia, y la de sus víctimas, descubrió un día cuánto placer produce matar -dominio absoluto del otro, miedo, sensación de seguridad e impunidad otorgada por los crímenes no descubiertos-, se diluye en la trama secundaria proporcionada por el siniestro testigo (que por sí misma daría para otra película) y se pierde en la subtrama policial (la necesidad de darse a conocer y ser identificado, el juego con la policía que inició Jack el Destripador, primer psycho-killer moderno, que daría a su vez para otra película). Como suele suceder en los guiones actuales, Evans y Gideon parecen actuar bajo la presión de atraer la atención del público (al que se supone disperso y propenso a la distracción, educado en el zapeo y huérfano de lecturas y por ello incapaz de centrarse en una trama fuerte única) ofreciéndole muchas historias dentro de la misma historia: si no le atrapa una ya lo hará otra, parece que piensan quienes escriben las películas.

Costner se recupera a sí mismo como actor, atreviéndose a medirse con el gran William Hurt y saliendo airoso del desafío. Demi Moore -la película tiene algo de resurrección de carreras chuchurrías- confirma lo intuido en Un plan brillante: envejecer le ha sentado bien en todos los sentidos. Marg Helgenberger demuestra un talento dramático que el serial televisivo que le ha dado fama, CSI Las Vegas, no dejaba adivinar. En la dirección artística se recupera al maestro de maestros William Ladd Skinner, de gloriosa filmografía que incluye Las puertas del cielo, Nueva York, Nueva York o Blade Runner.

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