Miguel de Molina: entre volver y no volver

  • El Grupo de Memoria Histórica de Valencia anuncia su intención de repatriar los restos del cantante, un reto que ya asumió la Diputación de Málaga en 2008 y que impidió la familia argentina

Tan poderoso fue su genio en vida que veinticuatro años después de su muerte sus huesos siguen dando guerra a ambos lados del Atlántico. Si hay quien considera una anomalía que los restos de Miguel de Molina (Málaga, 1908 - Buenos Aires, 1993) continúen descansando a estas alturas en el cementerio bonaerense de La Chacarita, los empeños en traerlos a España se siguen sucediendo por si alguien, finalmente, se diera por aludido. Esta semana, el Grupo de Recuperación de Memoria Histórica de Valencia anunció su intención de iniciar en septiembre los trámites para proceder a la repatriación, un procedimiento que incluiría la movilización de artistas y políticos y el desarrollo de campañas en redes sociales y otros ámbitos. Según informa Efe, el detonante de esta decisión fue la noticia de que la Asociación Argentina de Actores quería exhumar el cuerpo del cantante malagueño por el incumplimiento del pago durante seis años del alquiler del nicho, una cifra que ascendía a 2.400 pesos (115 euros) y que ha terminado sufragando la Fundación Miguel de Molina tras la advertencia de una seguidora del artista, Juani Muñoz, nieta a su vez de una malagueña que emigró a Argentina a comienzos del siglo XX (y quien, tal y como cuenta El País, supo del plan de la Asociación por las redes sociales). El Grupo de Recuperación de Memoria Histórica de Valencia denuncia el abandono que España profesa, en boca de sus portavoces, a quien fue su voz más sonada durante la Segunda República, el genio venido al mundo en Capuchinos que dio nombre propio a la copla y que decidió abandonar España en 1942 para no volver jamás, después de ser brutalmente agredido, según él mismo relató antes de su muerte, por homosexual y republicano (algún regreso esporádico sí que hubo en los años 50, en todo caso insuficiente para que Miguel de Molina decidiera poner fin a su exilio incluso tras la Transición). Además, el citado colectivo se aferra al vínculo que el artista mantuvo con Valencia, donde residió varias temporadas durante la Guerra Civil y donde encontró su último refugio republicano antes del total triunfo franquista, para justificar su decisión de dar un paso al frente y trabajar por la repatriación.

Pero que este proyecto no va a resultar precisamente sencillo lo saben bien en la tierra natal del titánico intérprete de La bien pagá. En 2008, la Diputación Provincial de Málaga anunció la puesta en marcha de un programa de actos para la celebración del centenario del cantante que habría de concluir con la repatriación de sus restos a la ciudad. La institución contó con el beneplácito de los familiares de Miguel de Molina que residían en España e incluso habilitó un panteón en el cementerio de San Gabriel. Pero entró en juego la familia argentina a través de la figura de una hermana, Asunción Frías Molina, quien denunció que no había sido informada de la iniciativa. El diputado de Cultura que promovió el proyecto, Fernando Centeno, admitió que la Diputación desconocía la existencia de esta hermana y que todo se negoció con la familia española; su sustituta en el cargo, Susana Radío, afirmó que la institución había enviado una carta a Frías Molina (quien insistió al respecto en que nunca recibió misiva alguna) y que, de cualquier forma, pondría todo su empeño en llegar a un acuerdo satisfactorio con la misma. Sin embargo, la hermana de Miguel de Molina se pronunció de manera tajante: "Mientras yo viva, mi hermano seguirá descansando en La Chacarita, donde reposan sus restos junto a los de otros artistas. En España lo pasó muy mal". Y, por si había alguna duda, el nieto de Asunción Frías Molina, Alejandro Salade, a la sazón director de la Fundación Miguel de Molina, se expresó así en el mismo 2008: "Los familiares y amigos que compartieron con Miguel de Molina sus últimos años en Argentina coinciden en afirmar que es aquí donde el artista quiso vivir y morir; de hecho, decidió quedarse cuando pudo haber regresado a España perfectamente". De paso, Salade criticó a la Diputación de Málaga por "intentar vincular la figura de Miguel de Molina a la memoria histórica", sobre lo que apuntó: "No vamos a aceptar que se le convierta en un símbolo político". Posteriormente, Alejandro Salade se ha pronunciado siempre en los mismos términos, lo que puede considerarse todo un aviso a navegantes para el Grupo de la Recuperación de Memoria Histórica de Valencia, cuyas intenciones son meridianamente políticas.

Finalmente, ya en enero de 2009, Susana Radío confirmó que la Diputación daba por perdida la batalla y que renunciaba a la repatriación de los restos. Desde entonces, tal y como confirmaron ayer fuentes del organismo provincial a Málaga Hoy, nadie en la institución ha vuelto a poner el asunto sobre la mesa, ni siquiera cuando se ha sabido de la amenaza de desahucio por parte de la Asociación Argentina de Actores. Eso sí, en noviembre de 2010 el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga acogió la exposición Arte y provocación, promovida por la Fundación Miguel de Molina, con fotografías y objetos personales del artista; antes, en 2008, el Teatro Cervantes recibió el espectáculo La copla quebrada, producido también por la Fundación, en la única ocasión que propició el encuentro entre Alejandro Salade y la Diputación, representada por Fernando Centeno. Éste, por cierto, acusó después a Salade de "apropiarse de bienes personales de Miguel de Molina" para organizar una muestra que ofreció a la Diputación "a cambio de 400.000 euros" y que fue la que finalmente acogió el Mupam. Un embrollo de órdago que vuelve a despertar.

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