'Madagascar': La selva multicultural

Si la primera entrega de Madagascar, franquicia animada de Dreamworks, nos enseñaba, en el ya habitual tono didáctico y lúdico, que en la unión (de los animales) reside la fuerza contra toda adversidad, esta segunda parte, que recupera a sus protagonistas (un león, una jirafa, una cebra y una hipopótama parlanchines a los que se unen un chimpancé, un pingüino y un lémur) para devolverlos en un delirante viaje en avión a la madre jungla, deja caer un no menos biempensante mensaje sobre el significado de la multiculturalidad en nuestro tiempo. Una multiculturalidad que, por supuesto, invita a la convivencia y al entendimiento entre razas, etnias, culturas y especies como única posible vía para el progreso y la felicidad.

No importa así que nuestros animales descubran que no son tan especiales al salir del zoológico de la gran ciudad y encontrarse con sus semejantes de la selva, de lo que se trata también es de recuperar las raíces, la identidad perdida, la autenticidad en definitiva, y confiar en la solidaridad e incluso en el amor, tal y como nos enseñan la jirafa y la hipopótamo.

Al margen de este subtexto, que viene que ni pintado para la nueva era Obama, la fórmula sigue siendo la misma: trazo cómico y excesivo en el perfil antropomórfico de los animales, saturación de gags visuales y estética de montaña rusa, citas adultas (Nacida libre, Un día en Nueva York, las canciones disco o la música de Morricone apelan a padres) y protagonismo de las voces de Ben Stiller, David Schwimmer o Chris Rock.

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