Leisen. el tapado de otra generación dorada

edianoche

Aquí, claro, todo nos coge riéndonos: de la manera en la que Sturges mezcla lo alto y lo bajo, de la comedia de los disfraces y el comentario social del dúo Wilder-Brackett, y, evidentemente, de esa sensibilidad especial con la que Leisen nos hablaba de que todo es representación sin por ello despertarnos del sueño.

, Candidataamillonaria, Unachicaafortunada y No hay tiempo para amar son los títulos de Mitchell Leisen que Sherlock ha sacado al mercado en una nueva entrega de la serie ComediadeOro, la misma en la que no hace demasiado tiempo salieron títulos de otro de los grandes de la comedia de posguerra, Preston Sturges. Éste y el dúo que formaron Billy Wilder y Charles Brackett oscurecieron siempre la impronta de Leisen, quien durante demasiados años fue considerado un buen y afortunado artesano rodeado de guionistas francamente excepcionales. Y lo eran, qué duda cabe: Sturges en Una chica afortunada o Recuerdodeunanoche; Wilder y Brackett en Mentiralatente, Si no amaneciera, Medianoche o Arise, mylove. Pero de la retahíla de títulos maravillosos se pueden sacar otras consecuencias, entre ellas la de la indudable versatilidad del buen artesano: la comedia de reminiscencia slapstick, el melodrama manierista, el melodrama noir, el melodrama a secas, la comedia bélica... Y podríamos incluso no quedarnos ahí y pasar de esta capacidad de adaptación a la confirmación de una mirada. Leisen, que llegó al cine desde la arquitectura y se hizo un nombre en los departamentos de decoración, diseño de vestuario y de producción del sistema de los estudios en su clasicismo, no sólo se caracterizó, después de saltar a la dirección, por esos rasgos superficiales a partir de los que la cinefilia tradicional lo clasifica, en especial el que lo tiene como experimentado director de actores (en concreto su magisterio con las grandes actrices de la screwballcomedy, Claudette Colbert, Carole Lombard, Jean Arthur, Barbara Stanwyck...). Leisen fue mucho más que eso, y su maestría, como la de Sturges o Wilder, radica en la fluidez y en la exactitud con la que observó el mundo a través de los géneros: una mirada que nos habla del crucial momento a partir del cual éstos pasan de estimular el escapismo a hacerlo con el escepticismo (a veces gozoso, a veces duro de digerir). Es preciso, entonces, volver a recordar que la segunda guerra mundial, antes del desvelamiento de crueldades inhumanas que tanto afectara a los modernos europeos, ya sacudió al cine norteamericano, y que su etapa clásica, tan excepcional (por apartarse de lo que sería ordinario antes y después), dura menos de lo que se cree.

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