Lapidaria claustrofobia

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No sé por dónde empezar. Cuando abrieron la caja, no había ni huesos. No había ni rastro de mis gritos. Pero sí de mis arañazos. Lapis, lapidis; la piedra cubrió toda la desesperanza, la desesperación. Tiene Lapido la inquietante habilidad de homogeneizarse a través de no sé qué hilo conductor entre el realismo y el pesimismo, entre lo visionario, lo profético y lo catastrofista. Entre la claustrofobia y el exorcismo lingüístico. ¿Os suena? Es el mundo en el que respiramos, pero sin azúcar ni sales para la digestión; no son letras para adolescentes, no son mundos de yupi en el altavoz. No sé por dónde empezar.

No es lo mismo oír a Lapido con banda, que a solas en acústico. Y aunque no es lo mismo parece mejor para alimentar la caldera del ciclo La letra importa. Parece lo mejor para destacar su activismo como cantautor eléctrico, pegatina endiñada a base de palmadas o quién sabe si de capones. Evitemos nostalgias eléctricas, como quien evita las cicatrices.

La letra abriose paso por entre alicientes rockeros, idóneos pero prescindibles, porque en el fondo lo que importa es la letra. Lapis, lapidis; piedra, el arte de escribir de forma concisa lo que se quiere decir. Como artesanos que graban lápidas con cincel y en un rencor de frases han de atestiguar el paso por el más acá.

Lapido no tiene miedo al cincel, ni al desnudo de tres frases sobre una gran piedra con forma de escenario. Tal vez el miedo debería tenerlo el que escucha. No hay saliva para escupir. No hay Dios a quien rezar. Ni demonio con quien pactar.

No sé, no imploro, ni insulto, soy ignorante en tierra de nadie. Aquí, bajo la losa. Un concierto atípico. Al borde de presentar su nuevo disco, era una cita pactada tiempo atrás que no obedecía a estreno alguno. Sin protocolo, como perdida en el guión.

Por eso sólo incluyó cuatro o cinco temas de su flamante colección titulada Cartografía, tan intensamente personales que apenas se hicieron notar el reguero de un concierto tan sencillo como apabullante, que incluía recuerdos de los Cero. Ahora que lapidan el rock desde trincheras amigas y enemigas, en una pugna sin razón del que nadie sabe quién saldrá ganador, Lapido mató a pedradas al ladrón de sueños, al redactor de mentiras, a esos de los planos que desde algún lugar deciden por nosotros.

Nos dejó su lapidario, como aquel tratado de Alfonso X El Sabio, incluyendo piedras preciosas, iluminados, astronomía asfixiante… y apagados los ecos me veo huir, me veo correr hacia lo espeso, hacia un terrible sabor a tierra mojada, hacia el arrogante revoltijo de gusanos, que me corroe, como una deuda.

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