Jugando a los secuestros

Las imprudencias se pagan. Ese y no otro parece ser el lema moralista y ramplón que se desprende de esta hora y media de juego del secuestro por las calles, oficinas y azoteas de Chicago, un juego con cartas marcadas y más trampas que una película de chinos al que se prestan un matrimonio aparentemente ejemplar y un tipo duro y sin escrúpulos que tiene sus motivos (ocultos) para secuestrar a la hija de éstos y poner a la pareja en la picota.

Lejos de otras cintas más decentes con niño/a secuestrada como Rescate, dirigida por Ron Howard, o la más reciente Adiós pequeña, adiós, de Ben Affleck, Chantaje se aparta de cualquier apunte de contexto para entregarse a la más ortodoxa y mecánica dinámica del género, riéndose de los principios básicos del suspense y de la inteligencia del espectador a través de un argumento efectista y lleno de trucos y giros caprichosos que se empeña en manipularnos contra cualquier criterio sensato de credibilidad, rigor y verosimilitud narrativa. Todo con tal de poner a correr a sus criaturas en unas situaciones-límite siempre artificiales, todo para abusar sin piedad ni medida de los efectos de identificación, todo para llevarnos de la mano a un callejón (con salida) en el que, para colmo de desgracias, de lo que se trataba en definitiva era de castigar al infiel.

Entre el duelo de armarios empotrados que protagonizan el forzudo e inexpresivo Gerard Butler (protagonista de 300) y un Pierce Brosnan empeñado en poner acento irlandés a su cara de malo-malísimo, ni tan siquiera la irresistible belleza de nuestra querida Maria Bello nos redime de tanto cliché y tanta moraleja barata.

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