Inteligente retorno al tema de la bestia

Con El diablo sobre ruedas y Tiburón Spielberg le devolvió al cine de suspense y terror el tema crucial de la bestia que acecha en su territorio y ataca a quien lo invade. En la primera el territorio eran las interminables carreteras del corazón de América y la bestia un fantasmal camión cuyo conductor jamás se veía. En la segunda era el bicho que le daba título y, aunque la tragedia estallaba porque se acercaba demasiado a la costa, el espectador tenía la sensación de que bañarse en el mar era orillear los límites de unas profundidades prohibidas al ser humano. Con El territorio de la bestia Greg McLean retoma este tema clásico del suspense y el terror para construir una perfecta pieza de miedo que supera todo lo rodado sobre bichos desde el Tiburón spielbergiano.

Como mandan las reglas del género unos desprejuiciados aprendices de aventureros se adentran en los dominios de la bestia -en este caso un enorme cocodrilo que daría para muchos zapatos y bolsos- ignorando la debilidad del ser humano frente a las fuerzas unidas de la naturaleza inanimada y animal. ¿Tópico? Ciertamente, pero así lo quiere Greg McLean al planear su película como un homenaje a los clásicos que le fascinaron de niño -desde La criatura del lago negro a Tiburón- al tiempo que al prolongar lo que parece un proyecto de revisión personal de los lugares emblemáticos del cine de terror. Si su anterior Wolf Creek revisaba el tópico de los excursionistas acechados y estragados por un psicópata, aquí revisita el de la bestia.

Aunque se basa ligeramente en hechos reales, un cocodrilo de más de cinco metros que aterrorizó durante unos años las costas del norte de Australia, McLean ha preferido el terror de cámara de sabor clásico: barca encallada, personajes perdidos, claustrofóbico encierro del que no se puede huir… Y el cocodrilo gigante que emerge como el protagonista de una pesadilla que, para desgracia de los protagonistas, es real. La realización, tal vez por ese carácter de viaje hacia las entrañas del género, es sorprendentemente sobria, escuetamente eficaz, muy centrada en los personajes y no dependiente de la (mucha) sangre que se derrama. También se resiste McLean a la tentación digital y la presencia de la bestia se insinúa más que se muestra, por lo que aterra cuando aparece. Apreciable ejercicio de amor al cine en tiempos digitalmente revueltos.

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