Gran novela, una cara producción, discreta película

Richard Matheson es una leyenda -como el personaje de su novela- en el ámbito de la literatura fantástica gracias al éxito inicial de los cuentos que empezó a publicar en 1950 en la revista Magazine of Fantasy and Science Fiction, de sus novelas Soy leyenda o El increíble hombre menguante, publicadas en 1954 y 1956, de sus adaptaciones de textos de Poe para el realizador Roger Corman o de sus guiones para la mítica serie televisiva Dimensión desconocida. Pero sobre todo es una leyenda mundial por las excelentes adaptaciones que de sus relatos ha hecho el cine, sobresaliendo por su calidad El increíble hombre menguante (Arnold, 1957) y El diablo sobre ruedas (Spielberg, 1971).

Matheson se inspiró para Soy leyenda en la novela de Mary Shelley (la autora de Frankenstein o el nuevo Prometeo) El último hombre, publicada en 1826 y considerada una de las matrices de la moderna ciencia ficción pesimista (la acción se desarrollaba en un 2097 asolado por una epidemia) literaria y cinematográfica, ya que se llevó al cine en una producción Fox de 1924. Y a su vez la novela de Matheson fue una fuente de inspiración para escritores, guionistas y realizadores que han desarrollado las tramas cruzadas de la ciencia ficción apocalíptica y el terror en variantes vampíricas, de mutantes o zombis, que de todo había -al menos en germen- en su novela. El cine se ha ocupado de ella en otras ocasiones (El último hombre sobre la tierra de Ragona y Salkow, 1964, y El último hombre vivo de Boris Sagal, 1971), aunque esta es la primera vez que se le dedica un presupuesto tan abultado.

Para bien de la taquilla y mal del resultado cinematográfico en el centro de la película (más bien en su cúspide) está el jartible Will Smith (aunque parece Lawrence Olivier si se le compara con sus rivales hispanos de cartelera, los María Isabel, Pablo Carbonell y Anabel Alonso de Ángeles S.A., que debería provocar una derogación de la recién aprobada Ley del Cine). Los caros y espectaculares efectos especiales son abusivos y, junto al omnipresente Smith, devoran la película. Pero tal vez sea lo mejor que pudiera pasarle porque si no, la habría devorado el tal Francis Lawrence que la dirige, realizador de gran filmografía: un mamarracho de seudo historia fantástica llamado Constantine y un puñado de videoclips de Beyoncé, Jennifer López, Shakira, Britney Spears y el propio Smith. Vistas las credenciales del mozo, mejor que unos disfruten con la omnipresencia de Will Smith, otros con los excesivos pero también muy espectaculares efectos especiales y todos, sobre todo en la aceptable primera parte de la película, con las sobrecogedoras imágenes -rodadas en sus calles y después retocadas- de un Nueva York reconquistado por la naturaleza, en cuyas avenidas corren gamos, cazan leones y crecen praderas. ¿Y qué pasa con la novela de Matheson? Por ahí anda.

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