Fresco clasicismo

  • La cantaora gaditana Encarna Anillo se presenta discográficamente, después de muchos años cantando para el baile, con un disco de flamenco tradicional

La obra se inicia con unas alegrías que son una declaración de principios en todos los sentidos. De principios estéticos y vitales. Los cantes de su patria, de su casa, de la ciudad que la vio nacer hace 25 años. Una declaración de principios, porque es necesaria mucha valentía para apostar por un disco de flamenco tradicional, eso sí, a la manera contemporánea de decir el cante. Fíjense qué desprendida, qué airosa, qué natural, qué gaditana, la guitarra de Chicuelo. Lo de Encarna Anillo no es sólo cuestión de que posea una gran voz, densa, profunda, acompasada y grácil. Es, sobre todo, la emoción con la que se arroja al cante. Fíjense, por ejemplo, en la copla valiente que remata la serie de cantiñas.

Unos cantes clásicos hasta la médula que tienen su gemelo en unas alegrías actuales, firmadas por Juan Requena, en la segunda mitad del disco. Es decir, una canción por cantiñas, la que da título al disco. Lo mejor de este número es la interpretación de la cantaora, ya que la pieza, con sus estribillos y coros masculinos incluidos, recuerda a tantas que se han compuesto así en los últimos 30 años. Es curioso que esto se presente como vanguardia flamenca, cuando, tanto en letra como en música, representa los valores más convencionales, menos perdurables, de la música flamenca contemporánea. Algo parecido me sugiere la versión de Anillo de la zambra caracolera. La milonga une los estilos popularizados por Escacena con el cante de Pepa de Oro, por lo que podemos decir que es una mezcla de dos cantes distintos (uno de ellos, en tono menor, llamado a veces vidalita), incluyendo, para rematar el lío, la adaptación que Pepe Marchena llevó a cabo de un tango porteño de Podestá y Rossi (Como abrazado a un rencor). Incluye un arreglo de cuerda firmado por Enric Palomar. La interpretación de Anillo sigue las históricas de este cante (Chacón, Matrona, Linares), pero le aporta una gracia propia, personal. Lo mejor de los tangos, al margen del acento flamenquísimo y canastero que imprime cantaora, es el arte acerado de Manuel Molina para componer auténticos haikus flamencos.

El cante grave se inicia por malagueñas. Lógicamente, en dónde Anillo se encuentra más cómoda es en los estilos de la Trini. Qué gusto este respeto a las melodías, pero también a los poemas tradicionales. Y esta malagueña es una cima del arte femenino de decir el cante, tanto por la composición original, pletórica de emoción, como por la interpretación de Anillo que, no sólo se muestra respetuosa con la Trini; además le confiere color y calidez a su interpretación. El cante de Anillo es un continuado homenaje a su modelo, Carmen Linares.

Por soleá reconocemos el acento de Rafael Rodríguez, al que parece estar llegándole la hora de su reconocimiento como gran tocaor: imaginativo y sensual, su corriente tocaora está al margen de modas. Sucesión de rasgueos y falsetas que parecen recién creadas. Una escuela, de Morón, recreada a su particular manera. Anillo ha sabido limar su arte, pulir los cantes hasta la esencia, y no resultar excesiva o histérica, pese a ser intensa. Lógicamente, destaca en los estilos de Utrera-Lebrija que tan enormes cultivadoras ha tenido en la historia.

La obra se completa con dos cortes por bulerías de muy distinto signo. La primera es una canción sentimental compuesta por Farruquito. El último tema del disco son unas frenéticas bulerías de Cádiz a la manera de La Perla, sin guitarra y con el único acompañamiento de los nudillos sobre la mesa y los jaleos. Una demostración del virtuosismo rítmico de Anillo y de su poderío vocal, uno de los mejores cortes del disco, con un final explosivo y maravilloso.

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