Crítica de Cineine

Exprimiendo un limón con poco jugo

Taron Egerton. Taron Egerton.

Taron Egerton.

Salvo Crimen organizado, aceptable película negra posmoderna, y X-Men: primera generación, a la que se agradecía tomarse a la ligera los tebeos que otros se toman demasiado en serio, la filmografía de Matthew Vaughn es un agotador y nunca logrado ejercicio de búsqueda de la brillantez, la originalidad y la calculada trasgresión comercial. Así lo demostraron los naufragios de Stardust -cuyo pretendido distanciamiento irónico no absolvía su pedantería y cursilería- y del exitoso petardo de Kick-Ass: listo para machacar. La posterior Kingsman: servicio secreto -adaptación de un tebeo de Mark Millar y Dave Gibbons- pretendía ser una relectura más gamberra que irónica del cine de espías británico que se quedó en parodia. Tuvo éxito y tres años más tarde llega esta secuela que es peor que su precedente. Otra vez -el dinero es el dinero- Vaughn desperdicia un magnífico reparto -Colin Firth, Taron Egerton, Juliane Moore, Hale Berry, Mark Strong, Jeff Bridges, Emily Eatson, Channing Tatum y hasta un autoparódico Elton John (aunque en él realidad, parodia y autoparodia son difícilmente discernibles)- para proponer otra aventura de espionaje más gansa que graciosa, más grosera que ocurrente y más elemental que ingeniosa, que une elegantes espías ingleses y toscos agentes americanos (una larga tradición que se remonta a la amistad entre James Bond y Félix Leiter) enfrentados a una súper-mega-villana interpretada por la Moore. La violencia extrema tratada tan cruda como superficialmente navega en la estela pos-tarantiniana, los efectos la multiplican y el humor es aún más tosco que en la anterior. Una cansina reiteración que exprime el éxito de la anterior entrega, que a su vez era ya un limón con poco jugo y mucho menos ácido de lo que pretendía ser.

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