Estupidez con código de barras

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La era del videojuego nos trae a viejos y pesados héroes de acción en formato pixelado y tridimensional, cuerpazos digitales diseñados para matar, sumar puntos, pasar pantalla y llevarse a la chica. Hitman, o lo que es lo mismo, el Agente 47, nacido (artificialmente) en 2000 y británico de nacionalidad, no es tanto hijo de su tiempo como pariente rapado y con chaqueta de los stallones, willis, van dammes y swarzenneggers de los ochenta, un asesino a sueldo con un código de barras en la nuca al que no le tiembla el pulso ni se le desvía la puntería cuando de lo que se trata es de cumplir la misión, cobrarse la cabellera y recibir la transferencia.

Tal vez sea por eso que su (¿obligado?) paso a la gran pantalla después de varias entregas para la consola se nos antoja de una bajeza insuperable, no sólo por la catadura moral del personaje, el entorno y sus aventuras, aliñadas (¿queremos ser Bourne?) con viajes por la vieja Europa del Este y acompañadas de una prostituta de buen corazón y generoso destape, sino por la muy limitada imaginación que han derrochado guionistas (¿los hubo alguna vez?) y director (el francés Xavier Gens, quien fuera ayudante, miren por donde, de Jean-Claude Van Damme) para animar la mascletá pirotécnica de turno con algo más de salero e intriga que en la (supuesta) interactividad asesina del juego original.

Mucho me temo que será el gran éxito de taquilla de la semana. Al tiempo.

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