Desalmada aventura de almas

Deben ser los genios de la publicidad quienes hayan animado a algunos grupos ultraconservadores para que denuncien como agresión atea a los niños o crítica feroz a la Iglesia esta película, basada en la primera de las famosísimas novelas de Sir David Pullman, considerado uno de los maestros de la actual literatura juvenil. Porque, aunque ciertamente en la trilogía novelística las fuerzas del mal se parecen demasiado a la Iglesia, los demonios son buenos, los ángeles son malos, Eva es una heroína prometeica y la divinidad la responsable de los males del mundo, también es cierto que los cuentos fantásticos no son armas poderosas para quitar o acrecentar la fe de los jóvenes, por mucho que sus detractores se empeñen en denunciarlo o sus defensores en celebrarlo con textos bastante parecidos por su carácter militante y exagerado. Ni C. S. Lewis con sus Crónicas de Narnia creo que haya suscitado conversiones, ni David Pullman provocado crisis ateas o apostasías. Además no hay que olvidar que desde el principio la ficción popular moderna ha jugado -dentro de la lógica atea y neo mitológica del consumismo- a sustituir la religión por el espectáculo: ya desde los años 20 el culto a las estrellas imitaba al de los santos (Edgar Morin tiene textos luminosos sobre ello) o desde 1938 Superman era presentado como una versión extraterrestre de Cristo, acogido por padres adoptivos humanos (Jonathan y Martha Kent, María y José made in USA) y rebosante de superpoderes para luchar contra el mal. Nada nuevo, por lo tanto, como casi siempre pasa cada vez que se inventa un escándalo. Además la productora y el realizador se han ocupado de limar los aspectos más polémicos (o sugestivos, según cómo se mire) de la novela para no restar audiencias: el cine americano siempre ha tenido una moral de mercado.

Si los denunciantes integristas, a los que tanto bombo se ha dado, parecen estar a sueldo de los publicitarios para promocionar la película, el director, a su vez, parece estar a sueldo de los integristas. Porque sólo a un enemigo de Pullman se le ocurriría poner en manos del director de American Pie la adaptación de esta obra que, según dice su autor literario, tiene que ver -además de con una metafísica antiteológica- con William Blake, Shakespeare, Lewis Carroll y Jung en su relato de la lucha de la pequeña Lyra contra el perverso Magisterium, y su azaroso viaje al helado Norte para liberar a su amigo Roger. Esto sí que es una forma eficaz de acabar con la novela, porque los admirados o denostados universos fantásticos de Pullman quedan reducidos a las proporciones de otra película de efectos especiales y aventuras juveniles muy inferior a la trilogía de El Señor de los Anillos, bastante inferior a la primera entrega de la saga de Narnia e inferior a las aventuras de Harry Potter, que son las tres locomotoras que han tirado de los vagones de los libros de Pullman hasta llevarlos al cine, esperando cosechar el mismo éxito. Desgraciadamente ni la millonaria producción, ni la originalidad de las novelas, ni el brillo del reparto de megaestrellas, ni la perfección de los extraordinarios efectos especiales (que incluyen la creación de notables figuras fantásticas y bellos paisajes artificiales), ni el creativo diseño de producción del gran Dennos Gassner (colaborador de los Coen, además de responsable de Big Fish o El show de Truman), ni la extraordinaria banda sonora de Alexandre Desplat, logran insuflar vida en esta película perjudicada por los recortes políticamente correctos y por la falta de talla de su realizador. Curiosamente esta aventura en la que las almas (aunque sean bichos) son tan importantes, carece de ella.

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