David Niven, el elegante humilde

  • Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de uno de los grandes secundarios de la historia del cine, un trabajador del séptimo arte que nunca se dio mucha importancia

Distinguido y modesto, con una irreverencia curtida en la disciplina militar, David Niven fue la máxima expresión del humor y la flema británicos en el cine, pero también en su vida, que no siempre tuvo cariz cómico y que se apagó definitivamente hace hoy 25 años.

Cuando en 1974 David Niven presentaba el Oscar a la mejor película, un hombre desnudo irrumpió en el escenario de Dorothy Chandler Pavillion. El actor, sin inmutarse, espetó: "Es fascinante pensar que probablemente la única carcajada que ese hombre ha arrancado en su vida ha sido mostrándonos sus pequeñeces".

Ese gag improvisado, uno de los mejores que se recuerdan en la historia de los premios de la Academia de Hollywood, sintetiza la sorna y la elegancia de David Niven, Niv para los amigos. La que hacía desconectar a la platea de sus momentos más embarazosos.

Niven disfrutó el privilegio de no darse demasiada importancia. "Oigo decir a los actores: 'Tengo que ir a trabajar mañana'. Tonterías. Trabajar es estar ocho horas en una mina o en una oficina del Gobierno. Levantarse por la mañana, ponerse un divertido bigote, disfrazarse es jugar, y por ello estamos maravillosamente sobrerremunerados", explicaba.

Pero esa modestia marcó su trabajo, el de actor cómico, que no recibió el suficiente reconocimiento hasta que, sin despojarse de su rictus pero mostrando la cantidad de matices y miserias que podía esconderse tras él, consiguió el Oscar al mejor actor por Mesas separadas en 1958.

Efectivamente, Niven hubo de sobreponerse a situaciones dramáticas e hizo las cuentas con su vida en dos libros autobiográficos. Uno de ellos, La luna, un globo (1971), se convirtió en un best-seller. "El circo debe continuar en tu interior. Que siga funcionando y no tomes nada demasiado en serio, porque al final será la única manera de que las cosas funcionen", explicaba en él.

Ese fue su antídoto contra la muerte de su padre en el frente de Gallipolli cuando era un niño y también cuando, en mayo de 1946, su mujer Primulla Royo, madre de sus dos hijos, se mató al precipitarse por unas escaleras.

Niven nació el primer día del año 1910 en un lugar que nunca precisó. Quizá Londres o quizá Kirremuir, un pequeño pueblo de Escocia que, decían, se sacó de la manga para añadirse sofisticación. Hasta en eso fue indudablemente british.

"En cuarenta años nunca he sido impuntual", apuntaba. "Me pagan lo suficientemente bien, así que lo menos que puedo hacer es llegar sobrio, estar a tiempo y saberme todas las bromas", aseguraba.

La profesionalidad de Niven contrastaba con el azar con que había llegado el mundo del cine a su vida, sólo tras interrumpir la trayectoria militar para la que se preparó y que culminó con honores cuando volvió al frente de la Segunda Guerra Mundial ya como estrella de Hollywood.

Entre sus mejores películas también destacan El puente sobre el río Kwai, Buenos días, tristeza y La vuelta al mundo en 80 días.

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