El Cordobés y El Cid mandan y Finito se va de nuevo de vacío

  • El diestro de El Arrecife muestra de nuevo su indolencia. Su banderillero Juan Montiel tiene que ser intervenido por una grave cornada en el muslo

El rey de Burgos es El Cordobés, que no falta a la cita anual de los sampedros desde que era novillero, hace diecisiete años. Le quieren y tratan como si fuera de casa. Y aquí celebra cada año, el 30 de junio, su cumpleaños.

El paseíllo lo hace al compás del happy birthday que cantan las peñas. Le bajan una tarta en el intermedio del festejo y le dicen mil veces a coro lo de "cumpleaños feliz". En esta ocasión incluso le regalaron un potro, deferencia de una prestigiosa yeguada.

El Cordobés a su vez suele volcarse en la plaza de Burgos con actuaciones de lo más completas, triunfales no sólo por el fervor que pone el tendido, sino también y fundamentalmente por la entrega y el esmero que brinda él frente al toro. Naturalmente un ambiente así obliga a que el simpático torero se dé mucho a los efectos especiales tan habituales en su repertorio. Sin embargo, no faltó tampoco el toreo bueno.

El primer toro de El Cordobés tuvo una dedicatoria muy especial, a su esposa Virginia Troconi, que ocupaba una barrera aunque no suele ser habitual en las plazas cuando torea el marido. Detalle para abundar en la entrañable familiaridad de la tarde.

El toro, manso y noblón, se dejó mucho en las cercanías de la querencia, pegado a tablas. La faena fue encimista, atacando mucho el torero, y hubo pases realmente estimables.

Más de lo mismo en el quinto, toreando por los dos pitones con muy buen estilo antes de acortar distancias para meterse en las obligadas concesiones, entiéndase, el salto de la rana, desplantes y el consabido lío.

Le dieron una oreja en el primero con petición de la segunda. Y las dos orejas en el quinto. Si el presidente se atreve a quitarle otro trofeo, queman la plaza. El último agasajo fue el brindis de El Cid en el último toro. El Cordobés es tan buena gente que lo quieren mucho los compañeros, y lo demuestra este gesto. Un Cid autor del gran toreo, de exquisito temple y suma limpieza. Sin entrar en muchas profundidades por la escasa entidad del toro, cortó una oreja al tercero.

Y mucho más enfibrado en el sexto, al que enjaretó lances a la verónica de mucho arte, y un posterior quite por delantales, lo mejor con diferencia de las dos corridas que van de feria.

A Finito no le inquietó nada. Con su habitual indolencia pasó de la birria de toro que abrió plaza, casi un becerro. El cuarto regaló muchas y muy buenas embestidas, sobre todo por el pitón izquierdo. Y Finito de Córdoba, como siempre, a verlas venir haciendo un toreo en línea y sin estrecheces. Qué pena de toros en manos tan poco ambiciosas.

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