Camino a campo abierto

  • Una nueva editorial sevillana, El Olivo Azul, acaba de publicar la obra de Arthur Schnitzler

HOY Georg von Wergenthin se sentó a la mesa solo. Su hermano mayor Felician prefirió, tras largo tiempo, comer con amigos. Pero Georg todavía no sentía especial interés por ver de nuevo a Ralph Skelton, conde de Schönstein, o a otros caballeros con los que en circunstancias normales habría conversado gustosamente. De momento no sentía ganas de ningún tipo de compañía.

El sirviente recogió la mesa y desapareció. Georg encendió un cigarrillo y siguiendo su costumbre comenzó a caminar de un lado a otro de la gran estancia de tres ventanas y techos no muy altos, y se sorprendía de cómo la misma habitación que durante muchas semanas le había parecido sombría iba poco a poco recuperando su antiguo y acogedor aspecto. Instintivamente posó su mirada en el sillón vacío situado al final de la mesa por encima del que, a través de la ventana del medio, entraba el sol de septiembre, y por un momento sintió como si hubiera visto a su padre hacía una hora ahí sentado, siendo así que había muerto hacía dos meses; incluso el más pequeño gesto aparecía claramente ante sus ojos, desde su manera de apartar la taza de café hasta la forma de colocarse el binóculo y hojear un folleto.

Georg pensaba en una de sus últimas conversaciones con su padre que tuvo lugar al final de la primavera, poco antes del traslado a la villa en el lago Veldes. Georg acababa de llegar de Sicilia, donde había pasado el mes de abril con Grace después de un viaje de despedida melancólico y un poco aburrido, antes del definitivo regreso de su amante a América. Llevaba medio año o más sin trabajar seriamente; ni siquiera había puesto por escrito el melancólico adagio que las olas le habían murmurado en Palermo, en una agitada mañana durante un paseo por la orilla del mar. Aquel día interpretó para su padre esa composición improvisando con exagerada riqueza de armonías que no hacían sino apagar la sencilla melodía y justo cuando se dejaba llevar por una variación trepidante, su padre le preguntó riendo desde el otro extremo del piano de cola: «¿Adónde vas, adónde vas?». Georg, avergonzado, interrumpió el aluvión de notas. Entonces su padre, cariñoso como siempre pero sin el tono ligero de otras veces, comenzó una conversación sobre su futuro que, pensándolo hoy, parecía que ya intuyera la gravedad de los acontecimientos.

Se asomó a la ventana y miró hacia fuera. El parque estaba casi vacío. En un banco había una señora sentada con una anticuada mantilla de lentejuelas negras. Una niñera paseaba al lado con un muchacho de la mano; otro, muy pequeño, iba por delante vestido con un uniforme húsar, un sable cruzado y una pistola en el cinto, caminaba orgulloso mirando a su alrededor y saludó a un minusválido que venía fumando por el camino. Más allá, alrededor del quiosco, había algunas personas sentadas tomando café y leyendo el periódico. El follaje era todavía bastante espeso y el parque ofrecía un aspecto sofocante, lleno de polvo y con un ambiente demasiado veraniego para finales de septiembre.

Georg se apoyó en la ventana y se inclinó observando el cielo. Desde la muerte de su padre no había salido de Viena, a pesar de las muchas posibilidades que se le ofrecieron. Podría haber ido a la finca de Schönstein con Felician; la señora Ehrenberg le había invitado en una carta muy amable a Auhof; una excursión en bicicleta entre Carintia y el Tirol que había planeado hace tiempo, para la que, si bien no hubiera ido solo, habría fácilmente encontrado una compañera. Pero prefirió permanecer en Viena y pasar el tiempo hojeando viejos papeles y documentos familiares. Encontró recuerdos de su bisabuelo, Anastasius von Wergenthin, natural de los alrededores del Rhin, que llegó a poseer en Bolzano, gracias a su matrimonio con la señorita Recco, un pequeño castillo antiguo y deshabitado desde hacía tiempo. También había documentos sobre la historia del abuelo de Georg, un coronel de artillería abatido en Chlum en el año 1866. Su hijo, el padre de Felician y Georg, se había dedicado a los estudios científicos, principalmente de botánica, y había cursado un doctorado en filosofía en Innsbruck. Con veinticuatro años, conoció a una joven muchacha de una antigua familia de funcionarios austriacos que posiblemente había estudiado canto más que por vocación, para huir de las condiciones casi de pobreza de su familia. El barón von Wergenthin la vio y la escuchó por primera vez un invierno en un concierto de Missa Solemnis y ya en mayo se convirtió en su esposa. A los dos años de casados nació Felician y al tercero, Georg. Tres años después, la baronesa empezó a enfermar y los médicos la enviaron al sur. Como la cura tardaba en llegar, se cerró la casa de Viena y el barón y los suyos comenzaron una vida nómada de hotel en hotel durante muchos años. A él los negocios y algunos estudios le obligaban a viajar de vez en cuando a Viena, pero los hijos nunca dejaron a su madre. Vivieron en Sicilia, Roma, Túnez, Corfú, Atenas, Malta, Merano, en la Riviera y por último en Florencia. Aunque no vivían a lo grande, sí lo hacían conforme a su nivel social, hecho que no les permitía economizar lo suficiente, por lo que buena parte de la fortuna familiar se fue consumiendo paulatinamente.

Georg tenía dieciocho años cuando murió su madre. Habían pasado ya nueve desde entonces, pero en él permanecía el recuerdo imborrable de aquella tarde de primavera en la que su padre y su hermano no estaban en casa y él se encontraba solo y confuso a los pies de la cama de su madre moribunda, cuando la ventana se abrió de golpe con el viento de la primavera y las risas de los paseantes sonaron hirientes.

La familia regresó a Viena con el cuerpo de la madre. El barón se dedicó a sus estudios con renovado y desesperado empeño. En otros tiempos había pasado por ser un distinguido amante, ahora comenzaba también a destacar en los círculos académicos y cuando fue nombrado presidente de honor de la Asociación Botánica, tal distinción no se debió precisamente a su nombre aristocrático. Felician y Georg se inscribieron como oyentes en la Facultad de Derecho. Pero fue el propio padre el que dio libertad al más joven para abandonar los estudios universitarios y formarse acorde con sus inclinaciones musicales, lo que éste aceptó agradecido y liberado. Pero aun en este campo libremente elegido, su constancia dejaba bastante que desear y a menudo era capaz de entretenerse durante semanas enteras con toda clase de cosas que lo distraían de su camino. Esta predisposición lúdica fue también la que le llevó a hojear los viejos papeles familiares, como si en ellos hubiera importantes secretos que desempolvar. Pasó varias horas conmovido con la correspondencia que sus padres habían intercambiado años atrás. Cartas ardientes y superficiales, melancólicas y serenas, en las que no sólo los mismos difuntos sino otras personas casi olvidadas recobraban vida en su memoria. Así, recordó de nuevo a su profesor de alemán, de frente pálida y triste, que en sus largos paseos gustaba de recitarle Horacio; recordó también la cara morena de niño travieso del príncipe Alexander de Macedonia, en cuya compañía, en Roma, Georg dio sus primeras clases de equitación, y como si de un sueño se tratara aparecieron ante él, como líneas dibujadas sobre un horizonte azul pálido, las pirámides de Cestiu tal y como Georg las había contemplado a la vuelta de su primer viaje a caballo por la Campania. Ya perdido en sus ensoñaciones se dibujaron ante él las playas, los jardines y las calles de paisajes y ciudades que no sabía en qué lugar de su memoria tenía guardados; personajes que iban y venían, algunos totalmente nítidos, aunque sólo los hubiera encontrado fugazmente en su vida y otros oscuros y lejanos con los que sí había pasado bastantes horas de su tiempo. Cuando Georg ordenó sus propios papeles, después de clasificar aquellas antiguas cartas, encontró en una vieja carpeta verde unos borradores musicales de su adolescencia que, a pesar de tenerlos ahora en sus manos, le eran tan ajenos que sin problemas podría haberlos presentado como las partituras de otra persona. De algunas de ellas se sintió dolorosamente sorprendido, pues parecían contener las promesas que él quizá nunca llegaría a cumplir. Aun así, en estos últimos tiempos había sentido que algo se estaba preparando dentro de él. Lo sentía como una misteriosa pero firme línea que nacía de esos primeros escritos esperanzadores y que señalaba nuevas ideas. Una cosa era segura: las dos canciones del Diván de Oriente y Occidente que había compuesto ese año en una calurosa tarde de verano mientras Felician descansaba en la hamaca y su padre trabajaba en la mecedora al fresco de la terraza, no las podría haber compuesto cualquiera.

Sorprendido por un inesperado pensamiento, Georg se apartó de la ventana. Hasta ahora no había sido consciente con tanta claridad de que desde la muerte de su padre en cierto modo su existencia se había paralizado. En todo este tiempo no había pensado en Anna Rosner, a la que había enviado esas canciones en un manuscrito. Se sintió agradablemente conmovido al recordar que, tan pronto como él quisiera, podría acompañarla en su canto con el piano y escuchar su acogedora y grave voz. Y pensó en la vieja casa de la Paulanergasse, con su puerta baja y la estrecha escalera 16 mal iluminada que hasta ahora no había transitado más de tres o cuatro veces, como piensa uno en algo querido y entrañable.

Más allá, en el parque, corría una suave brisa a través de las hojas.

Sobre la punta de la torre de la catedral de San Esteban situada frente a la ventana, detrás del parque y un poco apartada de la ciudad, se dibujaban finas nubes. Georg tenía por delante una larga tarde sin obligaciones. Le parecía que en el transcurso de los dos meses de luto todas las relaciones de tiempos atrás se habían relajado, algunas incluso hasta disuelto. Pensaba en el invierno y la primavera pasados, con sus múltiples enredos y toda clase de actividades. Una mezcolanza de recuerdos se le aparecía claramente: el viaje con la señora Mariannen en el landó cerrado a través de los bosques. La noche de disfraces en casa de los Ehrenberg, con los comentarios de niña reflexiva de Else sobre Hedda Gabler , afirmando que se sentía afín a ella, y el beso fugaz de Sissy bajo el negro antifaz. El paseo por las montañas nevadas desde Edlach hasta la cima del Rax con el conde de Schönstein y Oskar Ehrenberg, quien a pesar de su nula afición a la montaña aprovechó la ocasión para unirse a tan ilustres caballeros. La noche en casa de los Ronacher con Grace y el joven Labinski, que se pegaría varios tiros en la cabeza cuatro días más tarde y nunca se supo bien si lo hizo por Grace, por las deudas, cansado de vivir o únicamente por pasión. La extraña conversación ardiente y fría a la vez con Grace en el cementerio, con la nieve de febrero derritiéndose, dos días después del entierro de Labinski. La noche en el caluroso salón de esgrima de altos techos abovedados donde la espada de Felician se cruzó con la peligrosa arma del maestro italiano. El paseo nocturno después del concierto de Paderewski en el que su padre le contó de una manera muy íntima, como nunca antes, que su difunta madre había cantado la Missa Solemnis en la mismísima sala de la que venían.

Y por fin se le apareció la figura esbelta y tranquila de Anna Rosner inclinada sobre el piano, con la partitura en la mano y sus sonrientes ojos azules fijos en las teclas; incluso podía oír su voz resonando en su alma.

Mientras seguía en la ventana mirando hacia el parque que revivía poco a poco, sintió cómo le tranquilizaba el hecho de no tener una relación estrecha con nadie, pero sabiendo que cerca había personas con las que, tan pronto como quisiera, volvería a entablar una estrecha relación. Asimismo se sentía en condiciones excelentes para el trabajo y abierto a la fortuna como nunca hasta ahora. Estaba lleno de buenas y audaces intenciones y era felizmente consciente de su juventud y de su independencia. Bien es verdad que en estos momentos sentía algo de vergüenza al reconocer que la tristeza por la muerte de su padre se hallaba bastante atenuada. Aun así encontró un consuelo para esta indiferencia al recordar el final sin sufrimiento que fue el destino de este valioso hombre: paseando por el jardín, hablando alegremente con sus hijos, de repente se puso a mirar a su alrededor como si oyera voces lejanas, alzó la vista al cielo y se desplomó muerto en el prado, sin un solo grito de dolor y sin tan siquiera contraer los labios.

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