Crítica de Teatro

Botines de Guerra

Una de las escenas de 'Troyanas', en el Teatro Góngora. Una de las escenas de 'Troyanas', en el Teatro Góngora.

Una de las escenas de 'Troyanas', en el Teatro Góngora. / juan ayala

Una vez más el Festival Internacional de Teatro Grecolatino de Mérida ofrece en gira alguno de sus estrenos y Troyanas visitó nuestro teatro Góngora el pasado viernes ante la expectación de un público que agotó las localidades.

Carme Portaceli dirige la versión de Alberto Conejero sobre el texto original de Eurípides con la intención de reforzar y contextualizar el lugar que ocupa la mujer ante cualquier conflicto armado. Al dolor por la pérdida de sus hogares, hijos y esposos se une el ultraje que les depara al ser sorteadas como baratijas entre los vencedores de la contienda. La falta de compasión de sus nuevos dueños se eleva a cotas desmesuradas que toman forma en el asesinato de pequeño Astianacte, hijo de Andrómaca y Héctor, único varón que queda vivo en la ciudad arrasada. Ante tal perspectiva, privadas de libertad y futuro posible, la desgarrada voz de Hécuba se convierte en el fuego que aviva la voluntad de sus troyanas a no doblegarse al destino que los hombres les imponen.

La búsqueda de atemporalidad que ronda la idea central de la tragedia se plasma en una puesta en escena con cadáveres envueltos en sábanas esparcidos por el suelo y el andamiaje ataviado de una gran T volcada sobre la que se proyectan imágenes de ciudades arrasadas de Siria o mujeres ataviadas con el pañuelo blanco símbolo de las madres de la plaza de mayo.

El mayor rigor recae sobre la palabra interpretada por un gran reparto de actrices, brillantes cada una de ellas en sus soliloquios y comandadas por Aitana Sánchez-Gijón que asume el mayor peso de la obra con garra y sentimiento, pese al hándicap que conlleva el calado dejado entre el público con su reciente Medea unido a la apariencia física que hace difícil vincularla al personaje que protagoniza. Nacho Fresneda cierra el reparto con un gran trabajo en su papel mensajero-narrador, único personaje masculino del montaje.

Troyanas sube al escenario con la intención de remover nuestras conciencias y estómagos, plasmando los estragos de la guerra a través del grito desesperado de aquellas qué lo sufren y siempre son silenciadas, como un cuento macabro e interminable donde el hombre la hace y la mujer la paga. Triste, injusto y duro.

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