Babel en España

  • La editorial Almuzara recupera la obra de John Haycraft, una dura crítica de la España franquista en la que el escritor nacido en India refleja su amor por Córdoba

1

NOS despertamos en el frío vagón a las seis en punto de la mañana. El tren se había detenido.

-¿Dónde estamos?

-Córdoba...

Con lenguas estropajosas, brazos y piernas con calambres y la sensación de óxido en la piel que resultan de un viaje de noche, lanzamos una mirada al andén.

Entonces, repentinamente, de un vagón que había enfrente vino el sonido de un canto. En una ventana, unas figuras se meneaban, daban palmas. Había risas, y la canción:

Lo tiré al pozo

el claver que me di'te,

lo tiré al pozo.

¡Yo no quiero clavele

de ningún mozo!

Nuestro tren salió lentamente de la estación. Blancas casas aparecían amortajadas por la niebla como si ellas mismas formaran parte de ella. Los primeros rayos de sol otorgaban un tenue brillo a los edificios bajos, de forma que éstos parecían pertenecer a una ciudad de nubes, en la que sólo unos pocos podían penetrar, y habitada por una raza diferente de seres a los que vislumbramos un instante: figuras negras y solitarias que se movían a través de calles estrechas bajo un velo de niebla.

En Sevilla, adonde llegamos tres horas más tarde, recordamos esta vista de Córdoba mientras recorríamos la ciudad.

Recién casados, Brita y yo habíamos venido a Andalucía con la intención de enseñar inglés. Como había descubierto el año anterior en Toledo y Segovia, este trabajo proporcionaba justo lo suficiente para sobrevivir, dejaba toda la mañana libre para escribir y, a través de los alumnos, permitía un contacto directo e íntimo con España.

España me fascinaba porque había estado aislada de muchas cosas por las que Europa había atravesado en los últimos doscientos años. Explorarla era como volver a una época pasada que tenía virtudes que nosotros hemos perdido y vicios que hemos eliminado. Me hacía sentir como el Orlando de Virginia Woolf, con una sensación de asombro por vivir en dos épocas distintas. Aunque sabía que las diferencias en la religión, en el temperamento y en la herencia formaban un río -un río pequeño, quizá, pero sin puentes- entre el español y el extranjero, quería tratar de investigar qué había tras el colorido revuelo de los toreros y las bailaoras, que tan a menudo ciegan al visitante superficial, y entender lo que los españoles sentían sin limitarme a juzgar la forma en que se expresaban.

Ahora, en Sevilla, los dos nos sentíamos incómodos. Nos hacían gracia, pero también nos irritaban ligeramente, los carteles que describían el matrimonio protestante como «concubinato vergonzoso» que el Cardenal Segura, el arzobispo, había pegado por toda la ciudad. A bordo de un tranvía, la ciudad parecía demasiado grande, demasiado ruidosa, demasiado aturdidora: «Siempre he oído decir que al Demonio le está permitido tentar a la humanidad en Sevilla más que en ningún otro sitio», escribió Santa Teresa.

Después de cuatro días, fuimos al Instituto Británico en busca de un consejo que pudiera servirnos. El director nos sugirió que fuéramos a Málaga o a Córdoba, dado que no había profesores de inglés en ninguno de los dos sitios. Málaga tenía el inconveniente de ser un centro turístico costero internacional. Sería demasiado tentador hacer amigos entre la colonia extranjera, y aunque tal vez sea ridículo hablar de la verdadera España, lo que queríamos era vivir en algún sitio que no hubiese sido demasiado afectado por ideas de allende los Pirineos.

Recordábamos el cante y las casas borrosas. Así que volvimos en tren a Córdoba por la tarde. Conseguimos encontrar asientos en un vagón atestado de mujeres vestidas de negro, campesinos que llevaban zamarras con cuellos de piel, muchachos que no nos quitaban ojo. Fuera, el paisaje en penumbra parecía frío y llano. De vez en cuando parpadeaban algunas luces, como si pertenecieran a barcos solitarios en un mar silencioso apenas conocido.

Nos sentamos enfrente de un joven electricista que nos dijo que Córdoba era una ciudad dividida en dos por el río Guadalquivir, y que los habitantes eran mucho más simpáticos que los de Sevilla, más de fiar, más serios. «Es una ciudad para vivir en ella siempre -dijo-. Pero ustedes son turistas, así que difícilmente llegarán a conocerla.»

Cuando la conversación se agotó comenzó a mirar fijamente a Brita, que es guapa, sueca y rubia. Luego, mirándome como quien no quiere la cosa, comenzó a frotar suavemente sus rodillas con las de ella.

El resto del viaje transcurrió de forma tranquila, pues, tan pronto Brita apartó las rodillas, el electricista cerró los ojos y se quedó dormido.

2

Llegamos a las once después de lo que nos pareció un largo viaje para una distancia de ciento cuarenta kilómetros. Nos despedimos de nuestros acompañantes, y un viejo puso nuestro equipaje sobre un carro y comenzó a tirar de él a través de oscuros edificios. Recordé lo que Borrow había escrito: «Poco puede decirse respecto a la ciudad de Córdoba, que es un lugar humilde, oscuro y lúgubre, lleno de rúas estrechas y callejones».

En realidad, la ciudad parecía sorprendentemente moderna conforme caminábamos tras la tambaleante carretilla, bajando por la ancha avenida de la Victoria, que está flanqueada a un lado por palmeras y a otro por altos edificios. Pero después nos adentramos por calles más estrechas y adoquinadas. Recuerdo que me pregunté con qué sensaciones y evocaciones las caminaríamos unos meses más tarde.

La pensión a la que nos llevaron hacía honor a su nombre: Alegría. A la hora de las comidas, el siempre sonriente propietario atendía la mesa con un cigarrillo entre los labios, la ceniza colgando precariamente sobre la comida. Su mujer, una joven morena y robusta, era la que cocinaba, con tres de sus siete hijos alrededor de sus faldas. Los otros cuatro se congregaban en torno a su abuela, que se sentaba en el patio y trataba de mecer al bebé, acariciar al segundo más chico, hacer morisquetas al tercero, y reñir al mayor, todo al mismo tiempo.

Fuimos entusiásticamente acogidos en aquella comunidad. Como pareja recién casada que éramos, portábamos la antorcha. «Dentro de siete años... -nos confió la abuela- ustedes también...», y señaló con el bebé que tenía en brazos a los otros críos.

Temprano a la mañana siguiente, nos informamos sobre habitaciones y pisos, y nos encontramos con que éstos eran «muy difíciles», y un encogimiento de hombros. «Muchos hombres ricos tienen varios establecimientos », bromeó otro huésped. Un residente permanente de la pensión nos dio la dirección de un corredor, que literalmente significa alguien que corre. Sin embargo, lo cierto es que esta palabra describe a un miembro de la gran banda de intermediarios que intervienen en las transacciones inmobiliarias, los cuales son los únicos españoles que deberían estar obligados a llevar capa. Pasan los días caminando sin hacer ruido, para que otros corredores no los vean, mientras espían casas en las que luego puedan acomodar a los que carecen de casa, quienes les pagarán el equivalente del primer mes de alquiler como comisión.

Desgraciadamente, el nombre de este corredor en particular era Pepe López, que es el equivalente español de John Smith. Salimos temprano, y finalmente encontramos su casa. Pero allí nos dijeron que estaba tomando café en un bar cercano. Atravesamos andando el centro de Córdoba, pasamos ante una estatua del Gran Capitán, hecha de bronce negro pero coronada con una curiosa cabeza blanca, para subir por una concurrida calle estrecha que recibe el nombre del embajador español ante la corte de Jaime I, el Conde de Gondomar. Llegamos a un café abarrotado. Pero aquí nos dijeron que el señor López se había marchado a otra taberna y la hora siguiente la pasamos persiguiéndolo por la ciudad.

Debimos de haber caminado por toda Córdoba. La ciudad nos encantó. Alrededor del central y moderno nudo de edificios, entretejidas cientos de estrechas y serpenteantes callejas, rodeadas de casas encaladas, en cuyos balcones se agolpaban las flores. Era como deambular por una ciudad norteafricana habitada por españoles. Descubrimos que preferíamos con mucho Córdoba a Sevilla. Preferíamos su mayor unidad y simplicidad. En sus patios y en el encanto de sus calles es sin duda superior. Como descubrimos más tarde, Sevilla llega a gustarle a uno con el tiempo.

Por fin, milagro, dimos con un hombre gordo y bienhumorado de unos treinta y pico años. Su cuello estaba salpicado de espinillas y dos de sus dientes delanteros se habían vuelto amarillentos. Apoyado en la barra del quinto bar que visitábamos aquella mañana, sonrió y nos informó con orgullo que sí, que él era don José López, el corredor.

Aceptamos vino.

-Sí, las casas y los pisos son tan difíciles de encontrar en Córdoba como en Sevilla. Aunque para algunas personas, todo es fácil... -y con ojos pequeños y centelleantes miró de arriba abajo nuestras ropas para ver cómo eran de caras.

-Sé de un piso excelente, barato y céntrico. Por supuesto, hay una fianza: 20.000 pesetas. No, quizá no sea adecuado para ustedes.

Sonreímos y admitimos que no. Cambió de tema. Tuve la sensación de que agradecía nuestra presencia como un actor agradece nuevo público.

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