Astucia, no inteligencia

Tras triunfar como realizador de cortometrajes, logrando un Oscar, y como autor teatral, llegando a tener cuatro obras en cartel a la vez en Londres, Martin McDonagh se ha pasado con el mismo éxito al largometraje. Al menos con el mismo éxito de crítica y público. Otra cosa es el cinematográfico o artístico. Este crítico no conoce ni su corto ni sus obras de teatro, por lo que carece de opinión general sobre el autor; pero en esta película ha visto más astucia que inteligencia, más habilidad que inspiración y más efectismo que auténtica dureza o humor negro. Eso sí: se trata de un guión bien escrito, correctamente (pese a algunos excesos) dirigido y aún mejor interpretado por un elenco elegido con acierto.

Dos matones de forzadas vacaciones en Brujas dan a McDonagh, quien según dicen suele cultivar en su teatro un pesimismo "brutalista" teñido de humor negro, para guardar un ingenioso equilibrio entre David Mamet y Quentin Tarantino. Lo primero en sus mejores momentos, que son los menos; y lo segundo en los peores o más tramposos, que son los más.

El truco de jugar a lo políticamente incorrecto (que es la suprema forma de corrección política en el cine actual que quiere pasar por autorial o independiente) se evidencia en exceso. Los recursos al realismo mágico, lo casi surreal, lo grotesco o lo onírico -llámese como se quiera: ese difícil territorio situado entre la realidad, el sueño y la caricatura en el que reinaron Buñuel y Fellini- son fallidos. Las referencias y guiños culturales son cargantes. Los grandes momentos dramáticos están rodados con una retórica de cámara excesiva, aunque disculpable en un debutante en el cine que ha conocido el éxito fuera de él. Interesante, sí; pero menos de lo que se ha dicho.

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