Aranda en el burdel de Marsé

Ya viaje al pasado de reconstrucción, escenografía y vestuario de época (Juana la Loca, Tirante el Blanco o Carmen) o se quede en el presente visto a través de la literatura de Juan Marsé (La chica de las bragas de oro, Si te dicen que caí, El amante bilingüe), el cine de Vicente Aranda sigue siendo, básicamente, el mismo. A saber, un cine de oficio que busca las (bajas) pasiones como epicentro de todo relato, un cine inflamado por una mirada que busca denodadamente encender llamas en cada plano, en cada secuencia, un cine que quisiera dar forma al amor fou en todas sus variantes, bajo las enaguas de una reina loca o en la entrepierna de un discapacitado.

La cuarta visita a Marsé se salda con la rutina habitual y un importante descalabro. Aranda se juega todas sus cartas al imposible rejuvenecimiento de sus modos, que pasan esta vez por la cercanía de la cámara, por la distancia corta, por el ambiente cerrado, a la confianza (y cuánta) en Eduardo Noriega para sacar adelante dos papeles tan estereotipados como huecos, los de dos hermanos gemelos, uno policía canalla, violento y pendenciero, el otro un retrasado mental que ha sido acogido como mascota de compañía en un burdel de cuatro estrellas. Entre sus cuatro paredes, su barra americana a ritmo de reggetón y su aseada trastienda se debate un improbable freudiano duelo fratricida que tiene como tercer vértice a una puta colombiana (Flora Martínez, peligrosamente encasillada, generosa por otro lado, como no podía ser menos), de la que el segundo anda enamorado y el primero encoñado, al más puro estilo Aranda.

De fondo, es lo de menos, oímos ecos realistas sobre el terrorismo de ETA, el narcotráfico gallego o la brutalidad policial. Aranda se muestra incapaz de ensamblar los elementos dramáticos de la trama de Marsé y opta por centrarse en el burdel como metáfora del mundo. Y es ahí donde su apuesta, lógica y coherente si me apuran, también misógina hasta la náusea, hace aguas dando rodeos en círculos, evidenciando las graves carencias de Noriega en cualquiera de sus registros, enfriando las pasiones al rojo vivo hasta rozar la caricatura.

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