Apuntes de un futuro

La todopoderosa Disney ya camina de la mano de John Lasseter, padre creativo y fundador de Pixar. Es tiempo de regeneración y puesta al día de las esencias de la casa, lo que pasa por decir adiós a la ñoñería (al menos a la ñoñería a tumba abierta) y abrazar sin vuelta atrás las nuevas formas de la imagen digital en 3D.

Bolt aparece así como el primer paso de una fusión Pixar-Disney que va más allá de las sinergias empresariales para apuntar hacia un nuevo modelo de entretenimiento familiar en el que ya no hace falta disimular la autoconciencia, el carácter paródico o interesantes estructuras narrativas dispuestas para un público cuyo perfil no responde ya más, o al menos no únicamente, al niño sometido a las viejas reglas del juego de los cuentos animados.

Aun así, y sin alcanzar las cotas de sofisticación, abstracción y depuración expresiva de Wall-E, campeona indiscutible de esta temporada, Bolt limita su enérgico vuelo en un espacio conocido, el de la fábula de adaptación a un nuevo hábitat, leit motiv de casi todos los filmes Pixar, desde Toy Story a Cars pasando por Monsters, Buscando a Nemo o Ratatouille, para hacer divertida parodia del cine de acción (¡esa primera y torrencial secuencia de diez minutos!) o del propio mundo del cine a costa de un entrañable falso perro superhéroe, una esmirriada gata callejera y un inolvidable hámster que dice ser el fan número uno del primero.

Juntos recorrerán Estados Unidos, de Nueva York a Hollywood, al ritmo de canciones de Jenny Lewis para devolver a Bolt a su dueña y, de camino, enseñarle, he aquí la moraleja, las diferencias entre la realidad y la ficción. Qué duda cabe que, una vez desenmascarada, la película, y Disney con ella, apuesta incondicionalmente por la segunda como garantía de futuro.

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