Agujero chungo

A ver cómo lo explico… Imagínese el lector uno cualquiera de aquellos episodios de Dragon Ball Z y añádale mentalmente los siguientes diálogos: "Ven aquí, Goku, límpiame el ojete", "Krillin, arráncale el esófago a ese anormal y tráemelo", "Vale, Vegeta. Hasta aquí hemos llegado. Me voy a comer tu puta cara", "¿Y esas rodilleras que llevas, Son Gohan? Seguro que vienen de miedo para comer pollas". O tómese si no un tebeo de Los cuatro fantásticos de Kirby, el de la llegada de Galactus, por ejemplo, e imagínese que el destructor de planetas no viene a comerse la Tierra sino a soltar una gran cagada sobre Nueva York, que Reed Richards se saca la churra en lugar del Nulificador Supremo y que La Cosa le arranca los brazos a Estela Plateada mientras la Antorcha le fríe las pelotas al surfero, pillado en pleno coito con Alicia Masters. Sumemos mejor una y otra cosa; ya nos vamos acercando a Pudridero.

Comenzada en 2009, y serializada hasta la fecha en cuatro volúmenes, Prison Pit es una orgía de violencia escatológica, mutilaciones, casquería, sangre y otros fluidos, porquerías varias, caretos inhumanos y humor seco de esa delicada bestia llamada Johnny Ryan (Boston, 1970), adalid del feísmo y esperanza blanca del indie estadounidense. La cosa va de lucha libre estelar -o infernal, según se mire- en plan extremo, sin más excusa ni argumento que la propia sucesión de hostias entre toda clase de bichos en un planeta baldío, después de que uno de ellos, al que supongo que podríamos llamar protagonista, sea arrojado allí desde un enorme cacharro espacial. La fantástica edición, confeccionada al alimón por Entrecomics Comics y Fulgencio Pimentel -ahí es nada-, compila los dos primeros números de esta rompedora y gozosa serie de Ryan, que da exactamente lo que promete: cachondeo y acción a raudales. Para mear y no echar gota.

Johnny Ryan. Entrecomics/Fulgencio Pimentel. 240 páginas. 20 euros.

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