Un presidente humillado

  • Muchas son las voces, dentro y fuera de su país, que culpan a los lazos de Mijail Saakashvili con Estados Unidos de provocar la terrible situación que vive Georgia

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El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, ha sido profundamente humillado en la guerra del sur del Cáucaso. Su derrota ante Moscú la llevaba escrita en la cara: el pelo negro enmarañado y con ligeros destellos grises, la barba sin afeitar y la piel sudorosa, un gesto nervioso en la boca, forzada una y otra vez a sonreír...

Mientras Saakashvili recorría los escombros de las ciudades georgianas con chaleco antibalas y gafas de sol, los "agresores de Moscú" se mostraban ante las cámaras de punta en blanco.

El jefe de Estado georgiano, normalmente acostumbrado a las declaraciones inteligentes y mordaces, al final acabó perdiendo el control en un ataque de rabia: "Somos las víctimas", subrayó. "Georgia no capitulará. La democracia es más fuerte que sus bombas", dijo en referencia a Rusia el político de 40 años, formado en Estados Unidos. Todavía conmocionado, pidió ayuda internacional para un pueblo que al final ve decepcionado como "nadie le ayuda".

En Tiflis, muchos georgianos tienen claro que Saakashvili no llegó a controlar la situación en ningún momento. Interrumpió una conversación telefónica con periodistas en medio de una frase para apresurarse a la siguiente sesión de crisis. El político, apoyado moralmente por Washington, dejó entrever que había infravalorado la brutal determinación de Moscú.

Ahora lo ha perdido todo: las regiones separatistas de Abjazia y Osetia del Sur y las perspectivas de entrar en la OTAN, tras haber prometido a sus votantes que recuperaría las repúblicas semiautónomas y llevaría al país más cerca de Occidente.

Cuanto más grave se hacía el derramamiento de sangre en el Cáucaso, más evidente era que Moscú quería librarse de este incómodo político antirruso. Moscú considera a Saakashvili un "genocida" que con su "masacre" contra los ciudadanos de pasaporte ruso en Osetia del Sur comenzó una "limpieza étnica" a fin de conseguir una "Georgia para georgianos". Por eso Moscú no puede considerarlo un socio para negociar, debe marcharse, dijo el ministro ruso del Exterior, Sergei Lavrov.

Por muy polémico que sea en su propio país el cabecilla de la revolución de las rosas de 2003, ahora los georgianos están de acuerdo en una cosa: su enemigo se llama Rusia. La política interior georgiana es actualmente un montón de escombros y, de momento, no hay ningún rival que pueda hacer seriamente frente a Saakashvili. No sólo tendrá que empezar de nuevo el pueblo, que tras las elecciones presidenciales de enero y parlamentarias de mayo acusó al presidente de fraude masivo, sino también la oposición.

Saakashvili liberó el país del ruinoso régimen de su predecesor, Eduard Shevardnadze, y logró encauzarlo hacia el éxito económico. Con su dominio de idiomas y sus maneras mundanas convenció a Occidente para que invirtiera millones en el país. Pero al final acabó creando su propio sistema totalitario con el control de los medios y otras medidas de tinte dictatorial.

Sus detractores lo califican de "demagogo consciente de su poder", y muchos de los que estaban a su lado le dieron la espalda en los últimos años. Uno de ellos, el ex ministro de Defensa, Irakli Okruashvili, exiliado en París, llegó a acusarlo de graves crímenes como asesinato selectivos.

Ahora, expertos independientes en Moscú opinan que Saakashvili, casado con una holandesa y padre de dos hijos, podría perder su cargo. Pero, no sólo en Rusia, también en Georgia muchos culpan a los lazos de su presidente con Estados Unidos de la tragedia ocurrida en el país. Ya en noviembre de 2007 algunos observadores vieron en Saakashvili tendencias dictatoriales cuando sofocó brutalmente las manifestaciones de miles de críticos a su Gobierno.

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