El canje fortalece a Hezbolá y deja en evidencia al Ejército judío

  • Los analistas creen que Israel ha cedido, se ha visto obligado a aceptar lo que antes no quería ni negociar y ha perdido su fama de Ejército invencible

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El 12 de julio de 2006, Eldad Regev y Ehud Goldwasser patrullaban la difusa frontera que separa el Líbano, Siria e Israel cuando cayeron en un emboscada tendida por milicianos de la Resistencia Islámica, brazo armado del Partido chií libanés Hezbolá.

Su misión de aquella calurosa tarde de estío era vigilar una controvertida carretera que serpenteaba entre dos bases militares israelíes, pero que en uno de sus intrincados tramos se internaba en supuesto territorio libanés.

Fue en una de esas curvas donde, según el Partido de Dios, los milicianos chiíes sorprendieron a los soldados israelíes y entablaron un combate contra "la patrulla invasora", cuyas onerosas consecuencias marcaron el miércoles un nuevo rumbo en las complejas relaciones entre Hezbolá, Israel y el Líbano.

Aquel incidente, similar a otro ocurrido en octubre de 2002, sirvió en esa ocasión para que el siempre acorralado primer ministro israelí, Ehud Olmert, arrastrara a su país a una estéril guerra por la que después fue públicamente reprobado por la comisión Winograd.

Acosado por su oscuro pasado y los problemas políticos internos, el ex alcalde de Jerusalén incendió la frontera libanesa y desestabilizó la región en busca de una victoria bélica que aplacara sus complejos por no ser militar y espoleara sus raquíticos índices de popularidad.

Tras 33 días de cruentos combates, la batalla concluyó sin haber siquiera alcanzado el objetivo que supuestamente la desencadenó (el rescate de los dos soldados capturados) y con consecuencias nefastas para Israel, que perdió capacidad de intimidación.

Pese a las bajas sufridas, Hezbolá pudo cantar victoria: frenó la acometida judía y sumó una nueva excusa para neutralizar por un tiempo la presión que recibía, tanto desde el interior como del exterior, para que depusiera sus armas, verdadero nudo gordiano del rompecabezas político que impera en el Líbano.

El Ejército israelí, por su parte, perdió ese áurea de fuerza "casi" invencible en Oriente Próximo.

Exactamente 734 días después, los cadáveres de Regev y Goldwasser retornaron el miércoles a casa envueltos en un denso silencio impregnado de rabia contenida, a un precio que para muchos en Israel ha sido demasiado caro.

Ha vigorizado la creciente fortaleza política a su enconado rival y le ofrece nuevas herramientas para legitimar su controvertido arsenal bélico.

El Gobierno de Olmert ha entregado a cambio los restos mortales de 193 milicianos, y sobre todo ha puesto en libertad Samir Kuntar (46 años), icono de la resistencia chií y decano de los presos libaneses en cárceles sionistas, al que en Israel se considera un sanguinario terrorista.

Kuntar, un druso enrolado en la rama libanesa del Frente para la Liberación de Palestina, fue condenado en 1980 a 542 años de prisión por el asesinato y secuestro, un años antes, en el norte de Israel, de un policía, un civil y una niña de tres años.

El nombre de Kuntar encabezó todas las listas desde que en 2003, Israel y Hezbolá iniciaran la conversaciones, bajo auspicio de Alemania, para el intercambio de prisioneros.

Sin embargo, los predecesores de Olmert siempre se negaron a su libertad si antes, Hezbolá no se comprometía a entregar información fiable sobre el destino del aviador judío Ron Arad, desaparecido en 1986 cuando su avión fue abatido en el espacio libanés.

Todo parece apuntar a que el primer ministro israelí ha cedido y que los familiares del piloto aún deberán guardar su cama vacía.

"Hoy hemos sido testigos de una nueva derrota de Israel y de otra victoria de Hezbolá. El Estado judío ha perdido porque se ha visto obligado a aceptar lo que antes se negaba ni siquiera a negociar", explica a EFE Diaa Rashuan, experto en islamismo del Centro Al Ahram de Estudios Estratégicos, con sede en la capital egipcia.

Nadie parece dudar que el intercambio instigado por Olmert (en un nuevo intento de supervivencia política frente al desprestigio y el acoso que sufre en su país y en el seno de su partido) ha supuesto una nueva victoria para Hezbolá y tonificado aún más su posición en el panorama nacional y regional.

"El Partido de Dios se ha apuntado un nuevo tanto porque ha vuelto a demostrar que quien tiene el poder de negociar, al final consigue sus objetivos. El resto de los árabes deben entender esto", agrega Rashuan.

"Con el intercambio, Hezbolá se convierte en un partido que puede ayudar a consolidar la unidad nacional. Prueba de ello es la presencia de todas las autoridades libanesas en el aeropuerto", dice Walid Ardid, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Beirut.

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