Barack Obama el candidato de acero

  • El 'fenómeno Obama' puede llevar por primera vez a un afroamericano a la Casa Blanca. Pero si lo logra -y no lo tiene fácil- tendrá que sobreponerse al legado de Bush, a la grave crisis económica y al comienzo del declive de EEUU como potencia mundial

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Puede que Barack Obama llegue a ser el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos, aunque raro será que sus enemigos no consigan hundir su candidatura. Si finalmente alcanza la Casa Blanca, no es fácil que colme las esperanzas de cuantos ciudadanos -no sólo norteamericanos- confían en él para conseguir un mundo mejor.

Demasiado rígida y conservadora es la maquinaria de poder norteamericana para permitir cambios significativos, aunque sean necesarios. Lo más seguro es que la dura realidad se imponga y acabe con las ilusiones y las expectativas. Retóricas y vanas promesas prevalecen en toda campaña presidencial y raro es el candidato ajeno a ellas. Ganar se convierte en el único objetivo y con frecuencia se está dispuesto a pagar cualquier precio por ser el primero en llegar a la meta. Barack Obama no ha sido la excepción y en sus mensajes abundan las luces pero también las sombras.

Quién se tome la molestia de leer los dos libros que ha escrito, Los sueños de mi padre y La audacia de la esperanza, comprobará que hay sutiles pero claras diferencias entre ambos. Detectará el difícil equilibrio que mantiene para tratar de conjugar sueños y realidades. El primero es un libro que posiblemente no se hubiera atrevido a escribir hoy día. Obra de juventud, cuando está empezando su osada y arriesgada carrera política, muestra su inteligencia, capacidad crítica y deseos de cambio. Anda todavía a la búsqueda de su propia identidad en un país fracturado por sus heridas raciales y sociales, que él mismo ha sufrido en su propia carne. La audacia de la esperanza es un libro inteligente, pero menos incisivo y atractivo. Obama ya tiene cierta experiencia, ha suavizado su discurso, empieza a ser políticamente correcto.

Algo parecido ha venido sucediendo en estos últimos meses. Inició su campaña como adalid del cambio, como el artífice de una "nueva política, una nueva sociedad", pero sus declaraciones han ido adaptándose a los distintos públicos al ritmo que crecían sus posibilidades. Por atractiva que suene su música, están apareciendo notas discordantes en la difícil carrera hacia la presidencia y en la ingrata tarea de conseguir los votos necesarios para obtenerla. Prometió su apoyo incondicional a Israel y a la indivisibilidad de Jerusalén ante el Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí para tratar de obtener el favor de este poderoso lobby. "Obama se mueve hacia el centro" son los últimos titulares de los periódicos de los Estados Unidos, haciendo referencias a su apuesta por "los valores americanos", pozo sin fondo donde caben todo tipo de propuestas ya sean progresistas o reaccionarias. Es verdad que ha criticado la intervención de Iraq que, según él, sólo ha beneficiado al chiísmo, pero vacila cuando se le pregunta qué opina sobre una posible retirada del ejército norteamericano de Iraq. Por otra parte, ha mantenido posiciones avanzadas en cuanto a Irán y Cuba y cree necesario optar por la diplomacia para resolver los conflictos, pero al mismo tiempo sus declaraciones sobre Defensa y gastos militares son bastantes ambiguas. Realmente cuesta creer que haya decidido apoyar la ley que permitirá al Gobierno estadounidense espiar sin trabas a los ciudadanos. Cuando uno gana las primarias, dirá un fan bastante decepcionado, desgraciadamente tiende a girar hacia el centro y a la derecha.

Su llegada al poder supondrá, en todo caso, cambios importantes. No tiene sentido continuar con la política de Bush. Ni siquiera Mc Cain puede hacerlo, aunque su trayectoria política no permite albergar muchas ilusiones. Los errores y fracasos de la actual Administración norteamericana son una de las causas que puede ayudar a que Obama alcance la presidencia. Pero es un legado envenenado, que condicionará sus actuaciones.

Si obtiene el triunfo, llega en un mal momento, su margen de acción será reducido. La situación internacional es tan frágil que cualquier atentado puede desestabilizarla. A estas alturas nadie sabe si es mejor retirarse o permanecer en Iraq.

La situación en Afganistán se deteriora a marchas forzadas. Pakistán se ha convertido en el país más peligroso del planeta y puede explotar en cualquier momento. No menos preocupante es la posibilidad de que Israel, siempre dispuesta a acabar con cualquier hipotética y potencial amenaza, decida a destruir las plantas de enriquecimiento de uranio de Irán, lo que supondría un desastre de inimaginables consecuencias.

La situación económica no es precisamente halagüeña. Da la sensación de que en estos últimos años, los políticos -y no solo los norteamericanos- han estado viviendo en una nube, sin atisbar los problemas que se avecinaban, ignorantes de las recetas a aplicar y sin saber ahora como resolver la situación que tenemos planteada. A la violencia política de los grupos extremistas se puede unir la violencia social de los marginados y los pobres. Estamos inmersos en una crisis que exige un cambio de modelo. Más allá de la retórica oficialista y de los vaivenes teóricos de los analistas, nadie parece saber como vamos a salir del túnel. Nos encontramos en los albores de una nueva era. Como sucede en estas difíciles épocas, la crisis es económica, pero también social, de ideas y de liderazgo. Los analistas, incluso los más rigurosos y bien intencionados como Jeffrey Sachs o Joseph E. Stiglitz, nos anuncian todo tipo de buenaventuras si somos capaces de tomar las medidas necesarias para afrontar los retos existentes: crecimiento de la población, modelo energético, cambio climático, escasez de alimentos, de agua y de materias primas, la pobreza extrema y explosión urbana, además de la contaminación y sus secuelas.

Pero da la impresión que sus recetas, aunque necesarias, son todavía, "píos deseos más que realidades". Los problemas avanzan con más rapidez que las soluciones. Quizás en Occidente empezamos a ser conscientes y a tomar algunas medidas, pero lo somos en parte porque estamos perdiendo poder.

Sucede lo contrario en Asia, continente en el que algunos países están apostando por el crecimiento a cualquier precio, ya que se saben caballo ganador. En un mundo globalizado, no parece que se puedan resolver los problemas si las soluciones no son globales. Barack Obama llegará además en un momento en que los Estados Unidos han iniciado inexorablemente su declive como primera potencia mundial. En pocos años, el centro neurálgico de poder estará en Asia. Las decadencias no son buenas épocas para plantear soluciones innovadoras.

Barack Obama es un fenómeno singular, sorprendente y constituye una gran esperanza. Ojalá sea el líder que los Estados Unidos necesita y también el resto del mundo. Es de desear que el profundo cambio que supondría que la sociedad norteamericana lo eligiera presidente, no sea sólo una reacción momentánea sino la decidida voluntad de un pueblo que quiere dar un giro histórico a su país y, en gran medida al mundo, dado el papel preponderante que todavía juega.

Numerosos son los análisis que tratan de explicar el éxito de Barack Obama; por qué ha sido capaz de superar todos los obstáculos y vencer a la tenaz e implacable Hillary, que partía como clara vencedora. Hay quienes achacan su éxito a los errores del clan Clinton. Pero no han sido ellos quienes han perdido, sino Barack Obama quién ha ganado. Con una eficaz y moderna campaña, utilizando mensaje, encanto y una impresionante apuesta por las nuevas tecnologías, ha conseguido una legión de seguidores que hacen campaña por teléfono o a través de internet, que solicitan el voto, dinero y que además han recaudado millones dólares gracias a pequeñas donaciones de las numerosas personas que lo apoyan, posibilidad esta última ni siquiera imaginable en estos lares.

Casi todo el mundo había subestimado al candidato. Si tenaz es Hillary, más todavía Obama. Carismático, brillante orador, dotado de una rápida, poderosa inteligencia y de alguna vena poética, no suele cometer errores y en todo caso consigue superarlos rápidamente. Con un aire de chico pulcro, estilo Harry Bellafonte, rara vez descompone el tipo y sale airoso de casi todos los envites; seguro de sí mismo: la confianza es la clave del éxito del hombre, eso es lo que puedes aprender de tu padre, le dirá su abuela blanca. Parece ir por el mundo como Gary Cooper en Solo ante el peligro y no teme enfrentarse al más recalcitrante y difícil adversario "Barack Obama, habrá que recordar ese nombre", dijo Bernard Henry Levy, ya en el año 2006 en su American Vertigo, el libro que escribió en su viaje a USA siguiendo los pasos de aquel genio francés que fue Alexis Tocqueville, quién nos dejó en La Democracia en América el más sugestivo análisis del nacimiento de los Estados Unidos como país y futura gran potencia mundial: "Entre las cosas nuevas que me llamaron la atención durante mi estancia en los Estados Unidos, dirá, ninguna me impresionó más que la igualdad de condiciones". Henry Levy añadirá "no olvidar su elocuencia, esos discursos en los que ha calibrado hasta la entonación, pero da la sensación de que ha improvisado hasta el menor suspiro". Debemos recordar, especificará también, su mestizaje, ¿es el primer negro en haber comprendido que ya no hay que apostar por la culpabilidad, sino por la seducción, el primero en querer ser, en vez del reproche de Norteamérica, su promesa?

Con frecuencia se dice que Norteamérica suele apostar por el futuro y la Vieja Europa por el pasado; y puede que sea así, que Obama sea el futuro. ¿El fin de las religiones identitarias?. Ojalá ¿No sucede en nuestro país a menudo lo contrario. Algunos de nuestros representantes políticos, los Pujol, los Ibarretxte, los Carod, no son el pasado, la vuelta a los fantasmas medievales, a los nacionalismos irredentos y excluyentes?

En esa apuesta por el futuro radica en parte la esperanza. También en el que el pueblo americano de lo mejor de sí mismo. País por lo demás contradictorio, puede elegir a un Nixon o a un Kennedy, a un Reagan o un Carter, defender los mejores valores de la tradición democrática y los derechos humanos, como reprimir y aplicar una política imperialista y reaccionaria con mayor dureza que cualquier otro.

Lo que nos seduce en estos momentos es que algunas de las cualidades positivas han empezado a aflorar con los votos a favor de Barack Obama. Sería casi imposible en la vieja Europa -o en nuestro país, por no ir más lejos- que el hijo de un senegalés o de un marroquí, casado con una mujer negra, tuviera alguna posibilidad de ser elegido como jefe del Gobierno. Si nos trasladamos a los Estados Unidos supone una revolución en casi todos los órdenes, baste con recordar que tan solo hace 30 años Barack Obama no hubiera sido admitido en ninguno de los elegantes restaurantes de Nueva Orleans o Atlanta.

Los Estados Unidos, más allá de sus múltiples contradicciones, es el país con mayor movilidad económica y social del mundo; ningún otro tiene su capacidad para integrar sus diferentes clases sociales, etnias, razas, idiomas o religiones. Al revés que el nuestro, tarde o temprano las diferencias actúan como crisol, como pegamento, que no como dislocación o fractura. Las minorías con idiomas propios no cuestionan el idioma nacional. Los diferentes Estados, la federación de los mismos sirve para consolidar la idea nacional y potenciar una Nación para todos. Los símbolos que la representan son respetados y aclamados con orgullo. Los extremismos y nacionalismos radicales terminan por desaparecer, y se duda que las "discriminaciones positivas" para acabar con las desigualdades, no produzcan el efecto contrario y generen a la larga insolidaridad o inadmisibles privilegios. Caben todas las identidades porque al final solo hay una, fluida y en continua evolución, que termina por aglutinar, por integrar y no por desintegrar. La unidad nacional va más allá de los particularismos, de la raza, del idioma, de la religión o del terruño donde se nace.

Esta sutil y poderosa concepción que consiguieron implantar los padres fundadores de la patria cuando redactaron la constitución norteamericana, posibilitó que los Estados Unidos llegaran a ser una poderosa nación, líder del mundo en el pasado siglo. Desgraciadamente no parece que nosotros, los europeos, más allá de los grandes logros económicos que hemos conseguido, con la Unión Europea, seamos capaces de seguir un camino parecido.

Puede que nadie mejor que Barack Obama haya explicado esta particularidad. En el magnífico discurso que pronunció sobre la cuestión racial el pasado 18 de marzo, dijo: "Nunca olvidaré que no existe otro país en la tierra en el que mi historia sea posible. Una historia que me lleva a la idea de que esta Nación es más que la suma de las partes, que aunque sean muchas, en el fondo somos una sola. He decidido ser candidato a la presidencia en este momento histórico porque realmente solo podemos resolver los retos actuales de forma conjunta, sabiendo que puede que haya historias diferentes, pero que todos debemos movernos en la misma dirección: conseguir un futuro mejor para nuestros hijos y nuestros nietos. Debemos continuar la larga marcha de cuantos empezaron antes que nosotros y lucharon por un país más libre, más igualitario y más próspero".

En sus palabras resonaba la fuerza que durante siglos debió infundir valor y audacia a los valientes guerreros Masais, la tribu a la que pertenecía su padre, afincada en los alrededores del Lago Victoria, en las proximidades de las Montañas de la Luna, donde se encuentran las fuentes del Nilo Blanco. Y también el tesón, la dedicación, el amor de su madre blanca de Kansas, que se casó primero con un negro africano y luego con un asiático; que vivió algún tiempo con su hijo en Indonesia, para regresar a su país de origen, Norteamérica, y educar primorosamente a su inteligente vástago, Barack, que ojalá alcance la presidencia de los Estados Unidos este año y no traicione las esperanzas en él depositadas. Aunque últimamente están apareciendo demasiadas nubes en el horizonte.

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