Dos caras de una Feria

  • trabajadores. Mientras unos se divierten, otros trabajan duramente. Si unos pagan, los otros cobran. Camareros, taxistas o feriantes son algunas de las personas que se desviven en El Arenal

Está claro que para que unos disfruten en cualquier evento festivo, otros tienen que trabajar. Esta máxima se cumple de manera explícita en la Feria, donde varios miles de personas trabajan y se esfuerzan para que otros tantos se evadan por unos días de la rutina laboral para meterse de lleno en la vorágine de la fiesta. Trabajadores y marchosos conviven durante diez días en El Arenal aunque los papeles se cambian en algunas ocasiones. Este es el caso de los camareros que, aunque sea detrás de la barra, son una parte más de la fiesta y además influye directamente en el éxito o fracaso de una caseta.

Pero hasta llegar al recinto ferial, los autobuses de Aucorsa y los taxistas no paran de dar vueltas para conectar la urbe con El Arenal. Los autobuses van siempre llenos y parecen una fiesta, preludio de lo que les espera. Mientras tanto, el conductor realiza su trabajo. "Tienes que aguantar muchas cosas, y lo peor es a la vuelta, algunos no se dan cuenta de que están usando un servicio público", cuenta Rafael, uno de los conductores. A los taxistas les pasa igual. "La gente se monta en el coche con ganas de fiesta, pero yo ya llevo siete horas trabajando y muchas veces hay quien no tiene consideración", reconoce Cristóbal.

En las afueras del recinto, los empleados de los puestos de comida no dejan de asar hamburguesas, cortar cebolla o hacer gofres. Es la cara que permite llenar el estómago cuando el hambre aprieta. Sus jornadas se prolongan en algunas ocasiones durante más de 12 horas y las provisiones siempre se quedan cortas ante la demanda. Sin embargo, este es su trabajo y la mayoría coincide en que les gusta ir viajando de ciudad en ciudad y conociendo el carácter festivo de sus ciudadanos. Sin duda, Córdoba es una de las que más sorprende. Marta es una de las jóvenes que se pasa toda la Feria haciendo bocadillos, aunque se lo toma con humor porque "es mi medio de vida", asegura.

Cerca de los puestos de comida, en la calle del Infierno, los feriantes se afanan en vender tíquets, regular la entrada y encargarse de que los más pequeños disfruten. Sin embargo, los encargados de los cacharritos aseguran que el trabajo más duro es el de montar y desmontar los aparatos; los días de Feria, se hace más ameno con el contacto de la gente.

Las tómbolas son gran parte de la esencia de El Arenal. No se puede concebir la Feria sin la voz incansable de fondo que anima a ir a por otro perrito piloto. El marketing de toda la vida funciona pues son muchos los que se animan a probar suerte una y otra vez a ver si cae el premio gordo.

También están los sacrificados que a los que les toca trabajar en su empleo habitual y no pueden oler la Feria hasta el fin de semana, porque la vida sigue al margen de El Arenal. Tomárselo con filosofía es la única solución a este problema, o proponérselo y acudir al recinto ferial, aún a sabiendas de que al día siguiente espera una larga jornada de trabajo. Para muchos, este esfuerzo merece la pena porque son sólo unos días al año. Ya habrá tiempo de descansar.

Pero también los hay afortunados que se desprenden de sus responsabilidades diarias para disfrutar de la Feria. Para ellos estos días no son un suplicio porque hay que trabajar, sino un paréntesis en la rutina donde disfrutar de la fiesta en su estado puro. Donde disfrutar de la gastronomía cordobesa, bailar unas sevillanas, reencontrarse con la familia o los amigos o hacer reír a los más pequeños en las atracciones de la calle del Infierno. Son las dos caras de una misma Feria.

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