Lipotimias, peleas y un presidente que se asustó

  • Los tendidos viven varios sucesos entre peticiones de orejas y ovaciones, frecuentes en un festejo con público distinto

Lo de ayer en la plaza de los califas tenía un punto de caótico que asemejaba el asalto a la Bastilla. No recuerdo cuando fue la última vez que presencié una pelea en los tendidos, de hecho, no recuerdo si alguna vez la he presenciado. Las peleas con empujones, amenazas, gritos, insultos y hostias varias son una actividad muy saludable en las mentes de los futboleros, pero la tauromaquia se mantiene exenta de tales lindezas, seguramente producto de su origen ritualístico. Pero la corrida de ayer nada tenía que ver con la tauromaquia. El público de ayer era un ente bullicioso que jaleaba a los jamelgos, aplaudía cuando el torero pinchaba las banderillas en el suelo, seguramente buscando pozos petrolíferos teniendo en cuenta los precios del crudo, y soltaba culebras por la boca dirigidas a los compungidos músicos si estos tardaban con el pasodoble. Las menciones al padre de la cabra eran constantes. Ayer los músicos pudieron pedir plus de peligrosidad, tal la violencia verbal y visual que algunos espectadores les dirigía.

La pelea en sí estalló en el tendido del 9, entre un grupo de espectadores vestidos de muñeco de Tío Pepe con su sombrero rojo y que llevaban el vino en la sangre para así publicitar mejor la marca de Jerez. El jaleo que se montó entre ellos y los que no iban vestidos de Tío Pepe hizo que se parase la lidia y acudiesen allí la policía con la porra en la mano y la trifulca se tornase en esperpéntica. Al ladito mismo de la riña había una señora lipotimizada rodeada de unos diez policías, ocho guardias de seguridad, gentes de la Cruz Roja y supongo que algún médico de paisano. La señora fue abanicada hasta que despertó y se la llevaron en camilla al mismo tiempo que se llevaban a los tío pepe, pareciendo las escaleras del tendido 10 el metro de Tokyo en hora punta. En ese punto, la plaza entera gritaba "fuera, fuera", no se sabe si a la señora, a los borrachos o a las nubes, que lo de ayer no había quien lo entendiese. En el tendido 6 el vendedor de pipas acabó discutiendo con la que supongo sería su mujer, vendedora de panchitos, mientras se oyó un disparo que no sé de dónde procedía pero que a mí me hizo temer lo peor. Algunos de los críticos/as taurinos, se refugiaban en la bebida viendo que el público de ayer era ingobernable y estaba deseoso de matar a los músicos, regalarle los rabos a los toreros y reventarse las manos aplaudiendo como si el pase de España a cuartos le fuese en ello.

El público es soberano y quien conforma este espectáculo y lo hay específico para corridas de toros, rejones, bombero torero... y el de ayer; por este orden. Y como es soberano y el reglamento ampara la concesión de la primera oreja a sus deseos, no hay lugar para quejarse si la oreja era merecida o no. A partir de la segunda oreja manda la categoría de la plaza (Córdoba de 1ª parece más un slogan que una verdad), las dificultades de los toros y, sobre todo, el presidente. Al de ayer, al que no le voy a discutir su sapiencia taurina, no le quedó más remedio que plegarse a los deseos del público y conceder las susodichas primeras orejas para evitar que cayera la Bastilla. Nada que objetar. Incluso tuvo la valentía de intentar que Rivera se fuese con una sola oreja de su segundo toro por una faena que léan ustedes a Domínguez y verán. Cuando el toro muerto se perdía ya por la puerta de arrastre y ante la que se le podía venir encima, sacó de la chistera un segundo pañuelo que le otorgaba la puerta grande a un torero que quedaba así por encima de lo realizado en la feria por toreros como José Tomás, Moreno y Daniel Luque. Él sabía que, vista la faena de ayer, eso era plegarse al berrinche infantiloide del que más chilla, al que se le debe perdonar puesto que es el típico público de estos toreros de ayer y que nada tiene que ver con el público que ha acudido el resto de la semana. Al final, por evitarse una bronca, el presidente claudicó incomprensiblemente, teniendo en cuenta que estaba protegido por la policía y que los de la pelea ya andaban camino de la calle. A mí me dan miedo los fantasmas y me asusto cuando despegan los aviones. Ayer el presidente vio fantasmas y montó en avión. Y la consecuencia final es que se llevó de todas modos una enorme bronca por no regalarle otra oreja igual de pobre a El Fandi y, lo peor, provocó que los pocos aficionados cabales que había ayer echasen culebras por la boca, se rajasen las camisas, y tuviesen ganas de decirle al presidente cuatro cosas. La primera, gracias por equiparar la plaza de Córdoba a una portátil. La segunda, tercera y cuarta las rumiaron en silencio. Pero es que ayer, a ver quien era el guapo que contradecía los deseos de la plebe. Menuda tarde.

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