El hombre más pesado del planeta

LA figura de Juan José Ibarretxe es como mínimo inquietante. Demasiados claroscuros. Entre las luces, por supuesto, sus sucesivas victorias, todas democráticamente impecables. Entre las sombras, su excesiva identificación en determinados momentos con sospechosos compañeros de viaje -los mismos con los que, por otra parte, habló el Gobierno para tratar de alcanzar lo inalcanzable-. O su empeño por igualar a víctimas y verdugos como si ambos conceptos fuesen intercambiables y simétricamente legítimos. O la imaginación jurídica con que insiste en la omnipresente consulta. O tantas otras cosas tan marcianas para cualquier ciudadano no nacionalista.

El lehendakari vive de la identidad. Debe ser durísimo. O no. Hay quien vive de la religión, del deporte o de los alquileres. Una existencia monotemática reduce el horizonte pero también lo simplifica. Él es vasco. Sólo vasco. Lo de sus ancestros descubridores está olvidado. Un fallo lo tiene cualquiera. Ahora toca consultar a la "sociedad vasca", como le gusta decir siempre que puede. Si el Constitucional no lo impide, habrá un resultado que Juan José aceptará sin rechistar. Sabe que ganar es posible porque el electorado menos identificado con su causa ni siquiera se molestará en acercarse a las urnas. Las abstenciones y otros matices no cuentan. Miren el ridículo apoyo cosechado por el Estatut, que se suponía iba a ser el paraíso prometido. O la tímida mejora de su primo hermano andaluz, lejos del viejo entusiasmo de Carmona. Observen incluso y en otra disciplina a Joan Laporta, aferrado al timón pese al formidable rapapolvo que le ha propinado el soci. En España cuenta el resultado pero no el juego. Por una vez nos parecemos a la Italia futbolera.

Un pesimista siempre verá al PNV en Ajuria Enea. Pero resulta que el euskobarómetro, elaborado desde el propio Gobierno vasco, concede al PSE las mismas posibilidades de victoria. El socialismo catalán, que no es exactamente un socialismo español, ya rompió la otra gran barrera. Patxi López, el jefe, estuvo en el congreso federal del pasado fin de semana y se mostró radicalmente optimista. Está convencido de que ganará. Considera al lehendakari un iluminado que ha ido perdiendo adeptos hasta el punto de hacer tambalear la racha electoral peneuvista.

Ibarretxe sólo despertará con una derrota. Y tampoco es seguro. Critica la intransigencia de Zapatero sin reparar en la suya. No fue el presidente quien ideó las reglas del actual Estado: es el lehendakari quien se empeña en cambiarlas sin contar con el resto. Tan elemental planteamiento no cabe en su vasca cabeza. Así que serán los dioses -disfrazados de votantes- quienes decidan su suerte y de paso los límites de la paciencia del espectador medio. Estaría bien que Patxi se llevara una alegría. No por colmar sus aspiraciones, que importan poco en este foro, sino por orear el tablero de una vez. PSE y PNV estarían condenados a entenderse. Y de paso jubilarían a uno de los hombres más pesados del planeta.

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