"Mutamos hacia una sociedad menos de consumo y más feudal"

-Su plan era una trilogía. Ha cumplido dos tercios del objetivo vía recopilatorios, pero ya anunció que el tercio restante sería una novela gráfica, que es como pasar del relato corto a las grandes ligas.

-Por eso llevo tanto retrasándolo. Tampoco es lo mismo colaborar y generar pequeñas viñetas que luego acabas juntando que hacer una sola narración. Para eso necesito mucho tiempo y que alguien me dé un adelanto, porque es un trabajo de un año y medio o dos y necesito vivir de algo. Desde hace años tengo una idea ya revenida de darle vueltas. Ahora sí es factible que la editorial asuma ese adelanto. El cómic, si no es en estas condiciones, es heroico.

-En España hay enormes dibujantes, pero los guiones no siempre están a la altura.

-Justo ahora se ha abierto la veda a un guión más autorreferencial, no tan exigente en términos narrativos. Ahí se abre un campo alternativo al del guionista profesional. De todas formas, creo que hay, tanto en el cómic como en otros campos, un estancamiento cultural que tiene que ver con una parálisis social. Imagino que cuando la sociedad se active o empiece a plantearse otro modelo de vida, también se reactivará la cultura.

-La crisis debería ser ese catalizador.

-La industria cultural es casi un oxímoron, va en contra de la propia cultura, que se hace pedazos mientras a la vez crecen la autoedición y los movimientos al margen de lo industrial. Quizás eso ya es un primer impulso. Si la sociedad evoluciona hacia otro tipo de perspectivas, tal vez veamos cosas nuevas en España, donde todo estaba demasiado institucionalizado y muerto.

-En su obra critica persistentemente el consumismo. Los economistas nos advierten, sin embargo, que sin consumo estamos muertos.

-Eso es lo primero que dijo Bush cuando cayeron las Torres Gemelas. Incluso ese paradigma económico cambia: mutamos a una sociedad menos de consumo y más feudal. Habrá un estamento -la élite que nos ha llevado a esta situación- que hará lo posible por acaparar los recursos que se agotan, y por otro lado estará una sociedad que va a depauperarse de manera vertiginosa. La división será mucho más radical: un 10% o 15% de la población mundial tendrá el control de todo.

-¿Hay alguna palanca que permita frenar ese proceso?

-Lo primero sería replantear una serie de mitos y hábitos de vida de la sociedad de consumo. Es casi como desengancharse de una droga. Y ahora pasa con los mileuristas: se despiden a hostias del consumismo. Habría que convertir esa transformación en un acto de voluntad. También hay que aprender de las experiencias más racionalizantes y colectivizantes del siglo pasado y mejorar de maneras nuevas. No es fácil ofrecer un sistema que reemplace a otro, pero sí se pueden apuntar las direcciones o los requisitos que tendrá que tomar ese nuevo sistema. Un aspecto fundamental son los límites ecológicos; otro el saber si la economía debe olvidarse de la abstracción y atender las necesidades humanas; y el tercero cómo replantearla para que sea equilibrada y sirva para cambiar aspectos profundos, antropológicos del ser humano como el reparto de tareas hombre-mujer.

-Ya existen movimientos en esa línea. La teoría del bien común, de Christian Felber.

-Es una idea muy potente, son una serie de vectores a los que tiende todo por sentido común. Aquí hay gente como Yayo Herrero, Ramón Fernández Durán, Fernando Zambrano, Marta Pascual... Son los auténticos intelectuales de este país y llevan tiempo apuntando en esta línea con mucha enjundia. El problema quizás es que frente a una élite que funciona como un solo hombre, como un robot, las soluciones se oponen atomizadamente. Falla la manera de comunicar la alternativa. Frente a la potencia y la imaginería de la publicidad y los medios de comunicación, las alternativas se expanden de manera mucho más chapucerilla. Mejorar la forma en que llega el mensaje es el reto para la gente con creatividad.

-¿Está perdiendo el periodismo su función como cuarto poder?

-No sé siquiera si alguna vez ha existido el periodismo, que es lo mismo que me pregunto respecto a la democracia. ¿La ha habido alguna vez de una manera más real que la que hay ahora? Cualquier cosa sufragada por las corporaciones nunca va a plantearles guerra, y al final el periodismo está articulado como un negocio cada vez más concentrado en la élite. Cuando ésta no impone los criterios informativos, son los propios periodistas los que se autocensuran. Si ahora se te ocurre montar un programa donde pones a parir a los políticos, durarás un día por mucha audiencia que tengas.

-¿Dónde están los responsables de la crisis?

-Lo más dramático no es que los ciudadanos no pintemos nada, sino que ellos, los políticos y los empresarios, tampoco. Simplemente están más cerca de los botones de la sala de máquinas, pero al final también están atrapados. Obviamente, tienen un nivel de responsabilidad mucho mayor en esta especie de locura colectiva. Al banquero que se resiste a desahuciar a troche y moche se lo va a comer su compañero de la junta directiva o la competencia. Todo el mundo está atrapado en su bucle. Pero en la sociedad industrial hipertecnológica la responsabilidad se diluye.

-¿Tienen un tope moral las ventas?

-Nos hemos malacostumbrado a que la gente tenga derecho a ser millonaria. Las leyes deberían fijar un tope de la ganancia. En el caso del artista, que desarrolla una labor doblemente gratificante en relación por ejemplo a un desatascador de alcantarillas, debería sentirse satisfecho con poder vivir modestamente de lo que le realiza. El siguiente paso sería que no hubiera creadores profesionales sino una expansión de la creatividad, pero eso ya es moverse casi en una especie de utopía hippy delirante.

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