El despilfarro energético

  • La sociedad debe reflexionar sobre las causas del despilfarro energético del último siglo para cambiar sus hábitos de consumo y avanzar hacia una mayor utilización de fuentes de energía renovables

COMO dijo el poeta... ¿Quevedo ¿Antonio Machado? "Sólo el necio confunde valor y precio"; y eso, precisamente, es lo que hacemos con un recurso natural tan valioso como la energía. La energía es, efectivamente, de excepcional valía. Por un lado, nos permite existir biológicamente como seres vivos, lo que llamamos energía endosomática; y, por otro, organizar nuestros sistemas socioeconómicos -energía exosomática.

A lo largo de la historia de la humanidad, el cociente entre ambos tipos de energía ha sido constante y muy cercano a uno. El hombre no manejaba unas cantidades de energía sustancialmente diferentes a las que utilizaba simplemente para alimentarse. Tras la revolución neolítica, que supone el desarrollo de la agricultura y la ganadería, las cantidades de energía exosomática que el ser humano utiliza comienzan a dispararse. Proceso que culmina con la revolución industrial, donde las cantidades de energía no utilizadas en la alimentación son ya enormes.

Hasta tal punto es así, que la mayoría de las sociedades actuales son totalmente dependientes de un suministro energético a unas tasas constantes y, lo que es más, con unas potencias considerables. Necesitamos el suministro de mucha energía en muy poco tiempo. Ésta ha sido una condición inexcusable para el desarrollo de las sociedades industrializadas, que han utilizado las reservas energéticas fósiles, primero en forma de carbón y después de petróleo y gas, para satisfacer su insaciable apetito energético. Estas reservas son, como todo el mundo sabe, limitadas.

Y no es que el petróleo o el gas vayan a acabarse bruscamente, sino que la creciente escasez de recursos y la dificultad en encontrar nuevas reservas accesibles harán que no pueda mantenerse una creciente capacidad de extracción que alimente a un mundo con una demanda de energía en incremento.

La energía es, por tanto, un recurso imprescindible, lo que lo hace muy valioso. Asignar un precio bajo a un recurso valioso lleva inevitablemente a su despilfarro. A primera vista, puede parecer que los precios de la energía están bien asignados desde el momento en que suben año tras año, lo que parece lógico dado que cada vez hay menos reservas. Pero no es así. Lo que pagamos por la energía no ha subido sustancialmente en las últimas décadas, ni siquiera en los últimos años, atendiendo al medio y largo plazo en la evolución de esos precios en moneda constante (restado el efecto de la inflación).

La "subida espectacular" del precio de la energía es un bulo extendido. Si actualizamos dichos precios a moneda constante podremos observar cuestiones tan sorprendentes como que en 1983 el PVP del litro de gasolina era equivalente a unos 1,70 euros actuales (base 2006) y que el del gasóleo era de alrededor de 1 euro; o que el precio del KWh de energía eléctrica no ha hecho más que bajar en las dos últimas décadas.

Los economistas neoclásicos aseguran, sin embargo, que el mercado es el mejor mecanismo regulador de precios que existe en condiciones de escasez. Pero el problema es que, en la práctica, esta regulación está muy lejos de ser eficiente, como lo han demostrado la evolución de los acontecimientos económicos de los últimos meses. En lo concerniente al mercado energético, éste sólo detecta las escaseces en el corto plazo y por ello es posible para una organización como la OPEP regular su precio con subidas o bajadas bruscas de la extracción de petróleo que tienen un efecto inmediato en la construcción de las tarifas; y por esto también es posible que el barril de Brent haya bajado unos 100 euros en sólo unos meses. El mercado sólo detecta la disponibilidad del recurso en el corto plazo y no atiende a que cada vez hay menos reservas objetivas.

Pero el problema de la disponibilidad de recursos energéticos escasos en referencia a la sostenibilidad ambiental debería solventarse con referencia a plazos medios y largos. Es decir, con respecto a este asunto, el mercado es esencial y fundamentalmente opaco a estos criterios por lo que utilizado por sí sólo resulta un mecanismo inútil. La tesis que intento defender es que hemos estado minusvalorando, a tenor de los precios fijados al producto, todas las formas de energía de origen fósil y que ello ha provocado que el consumo final haya sido y sea tan despilfarrador.

Tenemos una avidez energética sin precedentes. Pero la energía es un recurso natural cuya obtención y uso está sujeto a limitaciones que debemos comprender y asumir. Por ello, estamos obligados a asignar, de manera paulatina, sensata y justa, precios razonables a estos recursos. Precios que incentiven, en este caso, su ahorro y utilización eficiente, pero evidentemente sin perjudicar a las rentas más bajas. Las señales que un precio correcto manda a los consumidores pueden ser herramientas excelentes para conseguir consumos responsables. Lo malo es que si ese precio no está correctamente asignado, o dicha asignación no tiene en cuenta ni la escasez ni el impacto ambiental de la obtención y uso de la energía, las dinámicas de consumo pueden ser nefastas porque incentivarán el despilfarro.

El quid de la cuestión es cómo hacer que el precio que se paga por la energía refleje el verdadero valor que tiene para mantener ordenada (incluso en el sentido termodinámico) nuestras estructuras socioeconómicas; máxime cuando sabemos que el precio de la energía es una factor esencial en indicadores tan importantes y determinantes en política económica como la inflación.

No podemos seguir incentivando el consumo indiscriminado de combustibles fósiles y de energía eléctrica mediante precios que no reflejan ni sus impactos ambientales ni su valor intrínseco. Sin duda, debemos reflexionar colectivamente como sociedad sobre la importancia de este asunto, porque ello será vital para luchar contra el cambio climático y alcanzar mayores cotas de sostenibilidad ambiental.

Es evidente que otro debate paralelo y obligado es el de cómo ofrecer un sistema de precios justo, equitativo y solidario, que permita un consumo social del recurso y que, finalmente, el producto monetario extra generado no vaya a parar a muy pocas manos. Existen procedimientos para que esto sea así. Por ejemplo, las tarifas escalonadas permiten solventar este efecto de encarecimiento sobre las rentas más bajas, fijando un nivel inicial de consumo de energía considerado básico. A partir de consumos superiores a éste, el precio ascendería considerablemente. De este modo es posible gravar los altos consumos permitiendo, sin embargo, unos consumos básicos a bajo precio.

En todo caso, la construcción de estos precios siempre pasa por la intervención pública para que sean asignados teniendo en cuenta el valor real del recurso y los impactos ambientales de las diferentes tecnologías energéticas.

De esa forma se conseguiría también que diversas tecnologías renovables entraran definitivamente en carga sin necesidad de incentivos o que se impulsaran, simplemente porque son más rentables, alternativas de consumo más responsables en todos los ámbitos del consumo final (transporte, edificación, producción de bienes de consumo, etc.).

Ahora que parece que es el momento de "refundar el capitalismo" podríamos aprovechar para reformarlo también en esto. En ello nos va parte del futuro.

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