Una pareja ideal: ven lo mismo

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Si están fingiendo, lo hacen muy bien. Si no lo hacen -que parece que no-, resultan un dúo envidiable. A pesar del corto expediente en sus respectivos cargos, Emilio Vega y Paco Jémez han dado ya muestras de su pericia para esquivar una de las peculiaridades -¿enfermedades?- más añejas del cordobesismo: plantear su existencia como un eterno dilema y transformar el rutinario día a día en una carrera de obstáculos. En definitiva, hacer de los problemas su razón de ser. Cada jornada en El Arcángel es una autopsia en vivo, una sesión de psicoanálisis a lo bestia, un juicio sumarísimo en el que hay que buscar una explicación a todo. Ya sea recurriendo a la estadística, a la teoría de las rachas, al santoral cristiano o a la tabla de ouija, que lo mismo da una cosa que otra cuando se trata de responder preguntas que, con frecuencia, no tienen la respuesta total para alcanzar la tranquilidad de espíritu. Un estado que aquí no se consigue ni cumpliendo el primer tercio de la Liga en la zona media de la tabla, sin haber tocado los puestos de ascenso ni los de descenso, manteniendo El Arcángel como un recinto de creciente respeto -una sola derrota en más de año y medio, invicto esta Liga como sólo pueden presumir el Madrid y el Barca-, jugando más que decentemente y ratificando que su plantilla -con alguna que otra zona mejorable, como todas- es capaz de competir para conseguir el objetivo de la temporada. Llamémoslo permanencia. Todo lo demás es propina.

Algo bueno de Paco Jémez como entrenador -así era como futbolista- es su propensión a las soluciones simples. Busca la perfección en la ejecución eficiente de lo esencial, alejándose de las fórmulas complejas y del vedettismo. No enreda. Circula en el mundillo del fútbol un malévolo aserto que dice que el mejor entrenador es el que no molesta. El de Fátima se podrá equivocar -lo ha hecho y casi siempre lo ha reconocido-, pero no va de inventor. Tampoco Emilio Vega, del que Campanero ha llegado a comentar en ciertos foros cordobesistas que será un hombre clave en la construcción del Córdoba del futuro. Quizá lo haga con Paco, con quien le une una relación estrecha, algo inusual en una entidad en la que ningún entrenador se quería poner de espaldas ante un balcón si detrás estaba el mánager, secretario técnico o semidiós con chequera caliente de turno. Emilio y Paco se han conjurado para crecer porque son dos profesionales con recorrido y ejercer en el Córdoba, por muchas razones, es el mejor master. Huyen del victimismo, que siempre busca el cariño por la vía de la lástima; prefieren la admiración a la lisonja. Por eso, donde algunos ven una crisis -tres semanas sin ganar- o el anuncio de un inevitable cataclismo, ellos perciben otra otra. "¿A cuánto estamos del descenso?", ironizó esta semana Paco en la sala de prensa cuando alguien le avisaba de las consecuencias que podría tener una derrota ante el Elche. Y el del Zumbacón, que sólo piensa en ganar y escalar, se pregunta por qué esa querencia al dolor preventivo, al macabro juego de las hipótesis que tanto practican los artistas del chulesco ya lo decía yo...

y tú... ¿me quieres?

Parecía una conversación inocente, el clásico despliegue de tópicos que desgranan los futbolistas cuando se les reclaman análisis sobre los rendimientos de su trabajo. Pero lo soltó. Javi Moreno, uno de los estandartes del resucitado Córdoba, dijo que está dispuesto a irse de El Arcángel. "Quiero quedarme aquí, pero..", confesó el ariete de Silla en Canal Sur, apenas tres días después de haber experimentado en Las Palmas su primer banquillazo en año y medio. Si en enero nadie del club le dice nada sobre su contrato, que termina el 30 de junio, advierte que su representante le buscará un destino. Pues ya está. Ya lo sabe Emilio Vega y, de paso, todo el mundo. Que si no se queda en el Córdoba, no será por falta de ganas sino de una oferta... cuando él quiere tenerla. En enero. Ni más temprano ni más tarde. ¿Declaraciones a destiempo? Seguramente, pero así es Javi.

a la carrera

Como ha ocurrido en los últimos diecinueve años, unos centenares de atletas subirán corriendo a Las Ermitas para celebrar una prueba tradicional, emblemática y polémica hasta extremos tragicómicos en las últimas semanas por un conflicto cateto a propósito de dineros, criadillas y egos en colisión. Al final parece que no ocurrió nada, pero se han caído muchas caretas. Nada será igual.

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