Del infierno, a rozar la gloria

  • El ascenso del 24-J en El Alcoraz de Huesca cerró dos cursos en Segunda B · La llegada de Paco inauguró la nueva etapa

2007, el año del retorno a Segunda División, el año de la despedida de Escalante, el año de la llegada de Paco, el año del alumbramiento del nuevo Córdoba, echa el cierre. Lo hace dejando mil y una imágenes para el recuerdo, mil y una anécdotas, mil y una historias. Pero de todas ellas, la que comenzó a escribirse el 3 de junio en El Arcángel con aquel empate sin goles ante el Pontevedra y culminó cuatro semanas más tarde en El Alcoraz de Huesca con otra igualada, esta vez a un tanto, es la que nunca olvidará el cordobesismo. Es el cuento más bello jamás contado, el cuento que protagonizó una ciudad entera que se volcó con el equipo de sus amores en Las Tendillas. Córdoba volvía a ser de plata, dejando atrás ese bronce ingrato para un club tan señero como éste.

Ese glorioso junio fue el punto y seguido del nuevo Córdoba. Antes, todavía hubo que sufrir cinco meses por las miserias de la Segunda B. Desde aquel lejano enero en el que dos triunfos consecutivos a domicilio ante el Melilla y el Sevilla Atlético dejaron el billete hacia el play off al alcance de la mano hasta la triple derrota contra el Marbella, el Melilla y el Portuense en el final de la liga regular, el cordobesismo vivió días de gloria y jornadas de convulsión total.

El crédito de Pepe Escalante se acabó de un plumazo durante el mes de mayo, cuando sus diferencias con la plantilla se trasladaron al terreno de juego y peligró hasta el pase a la fase de ascenso. Los éxitos anteriores, los días de bonanza, cayeron en saco roto. Incluso llegó a estar fuera en los albores de las eliminatorias, pero la cordura de Rafael Campanero se impuso para calmar los ánimos.

Eso sí, Pepe ya estaba sentenciado. Su final estaba escrito fuera cual fuera el desenlace del play off. Por eso, tras varias jornadas de celebraciones en Las Tendillas, Emilio Vega anunció el cambio de orientación del club, el adiós del técnico milagro del cordobesismo –ya había logrado también el ascenso de 1999– y la llegada de Paco. Era su arriesgada apuesta, con la que el leonés unía su futuro.

Desde los primeros días quedó clara la comunión total entre ambos técnicos. La pretemporada de julio en Isla Canela sirvió para poner los cimientos de un proyecto de futuro que, parafraseando a Campanero, tiene el objetivo de luchar por el ascenso a Primera División en tres temporadas. Pero para ello lo más importante es que el equipo se asiente en la categoría que merece por historia.

El debut en Balaídos, en la última fecha del mes de agosto sirvió para presentar en sociedad el patrón del nuevo Córdoba. Con la base de la plantilla que alcanzó el ascenso en Huesca y retoques de calidad para compensar el plantel, el cuadro blanquiverde arrancó el curso de la esperanza. El inicio no pudo ser más halagüeño. El Arcángel no tardó en identificarse con el juego valiente de un equipo que llegó a noviembre coqueteando con los puestos nobles de la clasificación.

Sin embargo, una racha negativa en los dos últimos meses –siete semanas sin conocer la victoria– ha puesto al Córdoba, quizás, en el sitio que se merece, en la zona templada de la tabla. Es la hora de sacar ese carácter que Paco ha tratado de inculcar desde su llegada para no verse agobiado por los rivales que vienen por detrás y llegar a soñar con engancharse otra vez a las plazas de privilegio.

Aun así, y pese a esos borrones en la parte final de los dos semestres ligueros, 2007 acaba con un dulce sabor para el cordobesismo. En El Alcoraz quedaron enterrados dos cursos de penurias en Segunda B; el futuro es alentador.

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