10 finales en El Arcángel

  • El Córdoba ha vivido de todo en el epílogo en casa durante la última década · El Valladolid lo mandó a la fosa, y ante el Huesca resucitó.

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El último partido de la temporada en El Arcángel es sinónimo de emociones fuertes. Ciñéndonos a la última década, el Córdoba ha vivido de todo en la despedida ante su afición: victorias emotivas camino de sendos ascensos a Segunda, espectaculares goleadas en contra y algún empate. El balance es de cinco triunfos blanquiverdes y tres visitantes, amén de dos igualadas. Los 18 goles a favor y 17 en contra arrojan una media de 3,5 por encuentro, lo que da idea de lo que se cuece: idas y venidas, incertidumbre. No va más. Mañana, en El Arenal, con el Racing de Ferrol enfrente, hay una final por anticipado. Y toca ganar, por supuesto.

Un 3-3 con el Murcia fue el colofón de la convulsa temporada 97-98. En el banquillo estaba Juan Verdugo, sucesor de Pacuco Rosales –y éste a su vez de Antonio Teixidó, relevo de Chato González–. Rafael Gómez se bajó de la nave en marcha al oler el fracaso de su enésimo proyecto de ascenso, por lo que Joaquín Bernier asumió la poltrona. En la última jornada de Liga, el Murcia amenazó con llevarse los puntos gracias a un hat-trick de Fran, pero los goles de Juanito, Puche y Miguel Ángel salvaron el honor de un equipo que terminó sexto.

La gloria de plata llegó un año después, de la mano de Escalante. El Córdoba inició la liguilla con mal pie, hasta el punto de caer por 5-0 en A Malata y verse obligado a ganar los tres últimos partidos para subir. Así fue. En el penúltimo asalto de la fase, el 27 de junio de 1999, Pedro Aguado y Espejo dejaron la gesta a tiro. Tres días después, el estadio Cartagonova se rindió a una inesperada evidencia.

Durante seis campañas consecutivas, el Córdoba compitió en Segunda. Para empezar, un intrascendente choque con el Tenerife de Ángel Cappa, Dani o Mista. Ubicado en la zona media, sin agobios ni aires de grandeza, el combinado blanquiverde cerró el campeonato con éxito (2-1). Ramos abrió el marcador, Barata devolvió la equidad y el canterano Andrés Armada, debutante en aquel ejercicio, cerró la cuenta al borde la conclusión.

El 10 de junio de 2001, el Córdoba también lo tenía todo hecho. En los dos primeros años en la categoría se consiguió lo que ahora sería un tesoro: completar el torneo sin sobresaltos para acabar duodécimo. En la cita definitiva en El Arcángel, el Albacete de Julián Rubio se paseó. Con el cordobés Toril como líder, el once manchego barrió (1-4) a un rival que apenas maquilló el tanteador por medio de Marcos Márquez.

La última jornada de la Liga 01-02 fue un auténtico disparate. En plena Feria, el Córdoba y el Racing de Ferrol no se jugaban nada; mañana se lo jugarán casi todo. El entrenador local era Mariano García Remón; el foráneo, Luis César Sampedro, aunque Unai Emery iba tomando notas tácticas –por aquel entonces era el lateral izquierdo departamental y ahora es el encargado de reflotar al Valencia desde la pizarra–. Marcaron Pablo y Ramón, éste ya en el minuto 89. Pero lo mejor estaba por llegar. Finalizado el campeonato, las entrañas del estadio se convirtieron en un hervidero. En pocos minutos se confirmaron el cese de García Remón, la dimisión de Pirri –era el director deportivo– y la llegada al banquillo de Iosu Ortuondo, todo por obra y gracia de Ángel Marín. Un capítulo cumbre de aquella desconcertante etapa.

Los dos siguientes epílogos en El Arenal fueron similares: partidos fundamentales para encarrilar la permanencia, aunque luego hubo que rematar la faena en Getafe y Leganés, respectivamente. En la temporada 02-03, el Córdoba de Fernando Castro Santos mandó a Segunda B al Real Oviedo con un solitario gol de Moisés. Fueron expulsados Javi Paredes –ahora en el Zaragoza– y el marroquí Ramzi. Un año después, el único que vio la roja fue Benja, circunstancia que allanó un triunfo orientado por la solitaria diana de Miguel Ángel Soria después de una falta cerrada por Pablo Sierra. El 1-0 al Elche fue el primer paso para escapar de la quema. El 0-1 en Butarque, con tanto de Olivera, fue la puntilla. Efectividad plena en la sorda dirección de Pedrito, ese hombre de la casa que continúa exprimiendo el jugo de las promesas del filial. El villarrense ejerció de bombero por los malos resultados cosechados por Miguel Ángel Portugal, hoy mano derecha de Pedja Mijatovic en la construcción del Real Madrid.

La siguiente despedida en casa fue la que nadie quiere recordar, por temor al mal fario. El Córdoba había reaccionado bajo los designios de Juan Carlos Rodríguez y opositaba al milagro de la salvación. En el penúltimo compromiso llegó el Valladolid, con todo hecho, y la mayoría consideraba al conjunto pucelano una víctima propicia. Pero entre rumores de amaño, relajación y demás, los de Marcos Alonso se fueron a los vestuarios con un rotundo 2-4. Anderson alimentó las esperanzas al acortar distancias, pero la derrota se consumó. Y el ascenso matemático, también. Pierini y Cristian Álvarez estuvieron allí.

La travesía por Segunda B arrojó dos historias bien diferentes. A finales de mayo de 2006, con el ánimo roto por el desengaño vivido una semana antes en Almansa, el Córdoba se arrastró en un escenario desangelado. David Arteaga firmó el 0-4 para el Écija en el minuto 77, aunque Txiki y Arnal enmendaron el fracaso. Nada que ver con lo que aconteció el 17 de junio del año pasado, en un estadio a rebosar. El Córdoba se comió al Huesca, y desde el primer minuto. Fue lo que tardó Pierini en estrenar el luminoso. En la segunda parte, Guzmán hizo el 2-0. Durante los siete días siguientes, el cordobesismo fue paladeando lo que se certificó en El Alcoraz.

Ése es el espíritu. El Arcángel encierra otro arrebato de pasión. No para subir, sino para quedarse. Que viene a ser lo mismo.

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