Homenaje al Cid en El Arcángel

A propósito del desplome del Barcelona en el tramo final de la Liga, el imaginativo Dadán Narval escribía en su altamente recomendable blog (www.diariosdefutbol.com) que la impresión que le causaba la decadente marcha de los culés le conducía de modo automático a la asociarla mentalmente con la conversación que inicia La isla misteriosa, de Julio Verne. La escena se produce en un globo aerostático.

-¿Remontamos?

-¡No, al contrario, descendemos!

-¡Mucho peor, señor Ciro! ¡Caemos!

El Barca es uno de los integrantes del selecto trío de clubes -lo completan el Real Madrid y el Athletic de Bilbao- que jamás han estado en Segunda División. Ni, lógicamente, en Segunda B o en Tercera, divisiones abisales en las que sí ha (sobre)vivido el Córdoba, que anda ahora en la categoría de plata peleando por la salvación para que después se salve el que pueda. Aunque está vivo, porque respira y se mueve -seguramente menos de lo que debiera-, al equipo blanquiverde se le vienen firmando actas de defunción desde hace ya tiempo. Su aspecto cadavérico no deja vislumbrar una recuperación que desde dentro del propio club, de una manera tan directa como sintomática, califican sin ambages de resurrección. Ni el cambio de entrenador -ojito, que lo único que debía hacer el sustituto de Paco Jémez era mantener rentas- produjo la reactivación del grupo ni la propia competición, como cabía esperar por parte de quienes la conocen bien -y el Córdoba debería ser uno de ellos-, ha tenido piedad con sus flaquezas, despistes, despropósitos y, en suma, todos esos pequeños detalles que derivaron en grandes problemas.

La cuestión es que hoy hay cita crucial en El Arcángel. Otra vez. Y ésta es ya definitiva. Ni siquiera el mayor de los optimistas -que aún quedan y benditos sean- concede a los blanquiverdes el más mínimo porvenir si no son capaces de doblegar esta tarde al Xerez, que llega rampante, enrachado y todo lo feliz que se puede ser a falta de seis partidos sin tener la permanencia garantizada. Y, que no se olvide, con Esteban Vigo al frente. Del Boquerón se acuerdan mucho por aquí porque, solo o en compañía de otros -según versiones-, dejó huella en sólo siete partidos. Un punto y un gol en la tabla. El Córdoba no pudo reponerse de aquello y todo terminó en el cincuentenariazo, con el club en Segunda B tras emplear un presupuesto superior al de algunos de los que subieron a Primera. Hoy vuelve y su presencia provoca el mismo pánico que el que sentían aquellos protagonistas de las películas de terror clásico en las que, al final, se le terminaban apareciendo a uno todos los espectros de sus víctimas, en conjura desde el más allá, para poner fin a sus días en un espeluznante episodio de venganza.

Nada está a favor del Córdoba. Para qué nos vamos a engañar. Ni las estadísticas históricas, ni el momento de forma, ni los resultados más recientes, ni las sensaciones que transmiten los equipos, ni siquiera el pulso de una afición golpeada que hoy verá como su santuario es invadido por centenares de seguidores jerezanos ansiosos por bailar sobre la tumba cordobesista. La escenografía invita al drama, sí. Y qué más da. Es precisamente el lugar en el que, por tradición, el Córdoba ha dado un capotazo al destino. Ésa es la esperanza. Que el Córdoba sea capaz de ganar un partido que todos le dan por perdido para ganar opciones matemáticas de permanencia, pero sobre todo para tratar de reparar la alianza con una afición que, en un acto de pura piedad, ni siquiera silba ya a sus jugadores. Pocos son capaces de seguir a un fiambre para afrontar una guerra que, pese a todo, aún se puede ganar. Serán muchos más si antes, en un homenaje al Cid Campeador, el Córdoba conquista un triunfo después de muerto. Y tiene que ser hoy.

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