12-1ESPAÑA-MALTA

  • Efemérides Hace veinticinco años la selección española realizó la proeza más recordada de su historia en el estadio Benito Villamarín

Un día como hoy de hace veinticinco años cayó el Gordo en Sevilla. Y lo hizo repartido en doce porciones. El júbilo se desató en el Benito Villamarín y la onda expansiva hizo temblar toda la ciudad. La televisión esparció la pedrea por España: los goles se cantaron al unísono por todo el país. "En Sevilla tuvo que ser", repetía Miguel Muñoz a todo el que lo felicitaba.

La selección española se presentaba a aquel último partido de la serie clasificatoria con el crédito maltrecho. La Furia había perdido fuelle en los últimos años. Había tocado el ridículo con el pie en el Mundial 82 y la necesidad de once goles de diferencia contra Malta preveían una empresa mayúscula. San Pancracio, San Judas Tadeo, la Virgen de Lourdes... o Sevilla.

La misión era calificada de imposible por los cronistas de la época. Unos días antes, Holanda había ganado a Malta por 6-0 y las cuentas le salían a España en potencia de proeza si quería estar en el bombo de la Eurocopa de Francia 84. Había que superar a la selección maltesa por once goles, que fueron doce después del inesperado tanto del maltés Degiorgio.

A priori, sólo hubo inconvenientes. Un jovencísimo y debutante Buyo reemplazaba en la meta a Arconada, lesionado y postrado en la cama con una escayola. A Gallego, fino centrocampista, lo sustituye Víctor Muñoz, hoy entrenador del Getafe. Algún periodista interpretaba el trueque como "cambiar un taco de billar por un bate de béisbol".

Pero aquella noche no pudo ser más que la hazaña. John Bonello, portero de Malta, se escondía de los periodistas españoles en el aeropuerto a su llegada a Sevilla. "Es imposible que España me meta once goles; si es así, me retiro", declaró en una entrevista. La frase de este guardameta semi aficionado dio una vuelta desafiante por España. Y en Sevilla sentó aún peor. A raíz de ahí, Malta sólo encontró chinitas a su paso. A la copiosa lluvia caída durante los días precendentes se suman otros llamémoslos inconvenientes, más cercanos a la guerra de guerrillas que a otra cosa. El primer campo de entrenamiento era un lagunar y las luces sufrieron un cortocircuito en el segundo. Malta únicamente se entrenó con peloteo de salón.

La noche era desapacible. Escampó a la hora del litigio pero aguzaba el frío. Miguel Muñoz puso en liza a un equipo compuesto de dos tapiadores, Goicoechea y Víctor, un timonel, Maceda, cuya presencia se multiplicaba como la de un arcángel, y siete francotiradores con el punto de mira sólo desviado unos centímetros del cuerpo de Bonello. Y el numero doce...

El partido empezó frenético. Si no es por la indumentaria, encogida y como centrifugada, hubiera parecido un Liverpool-Barcelona de la actualidad. Las voces de Televisión Española, José Ángel de la Casa y Alfonso Azuara, no las tienen todas consigo. Tras dos minutos de partido, Santillana ya había lanzado a puerta y Señor, héroe a la postre, había malogrado un penalti. El equipo se arrojaba al vacío. El público acompañaba con palmas por sevillanas. El encuentro llegaba al descanso con un desolador 3-1.

"Hacen falta nueve goles. Es prácticamente imposible, pero por nosotros no va quedar", declaraba Santillana antes de la reanudación. ¡Nueve goles en 45 minutos! La media hace un tanto cada cinco minutos.

"Es un partido sin líneas ni marcajes, dada la peculiaridad del encuentro. Es un partido raro", comentó De la Casa antes de que los gallos traicionaran su libro de estilo. La selección española atacaba de todas las posturas, pero únicamente los centros desde los costados producían el efecto deseado. Gordillo y Camacho, desde la izquierda, y Carrasco y Señor, desde la derecha, surtían a una turba de jugadores de rojo que sobrepoblaba el área rival. Rincón, Sarabia y Santillana; Maceda y Víctor permanecen pendientes al rechace.

Los goles acabaron los rótulos del antiguo marcador, el palomar. Alguien sujetaba con la mano el de la decena. Era el minuto 78, 10-1, y el público barruntaba el éxito: "Sí, sí, sí, España va a París". Los aficionados se habían desplazado al Gol Norte, donde Bonello, y vacíaban la zona Sur, donde Buyo. El campo era un manojo de nervios. Incluso llegó a silenciarse. Era el silencio previo a cualquier explosión. "¡Goool de Señor!".

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