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Un héroe en la familia

  • Javier Cercas regresa a los tiempos de la Guerra Civil española en 'El monarca de las sombras' (Penguin Random House), una de las mejores novelas del año

El autor cacereño, en una fotografía reciente. El autor cacereño, en una fotografía reciente.

El autor cacereño, en una fotografía reciente. / Fernando Gimeno

Todo escritor, o el que más o el que menos, guarda una bala en la recámara que teme disparar, una historia que no se atreve a contar porque si la contara con el debido rigor podría abrir heridas ya cicatrizadas. La historia que Javier Cercas decidió no escribir nunca -y que finalmente ha inspirado un libro magnífico- es la de Manuel mena, tío paterno de su madre, muerto a los diecinueve años en la Batalla del Ebro y convertido, según Cercas, en "el héroe oficial de mi familia". Aquel joven se había alistado en el ejército nacionalista nada más estallar la Guerra Civil y había sido "un franquista entusiasta, o por lo menos un entusiasta falangista", escribe Cercas, hasta que perdió la vida en una batalla interminable y sangrienta, lejos de su Extremadura natal. Manuel Mena luchó en el bando de los vencedores, los que finiquitaron la II República y cimentaron la dictadura franquista. O sea, Manuel Mena era un personaje incómodo, como también lo era Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange Española y protagonista de Soldados de Salamina, la novela en la que de manera indirecta Cercas había contado la historia de este pariente suyo.

Las dudas sobre la viabilidad del proyecto -infundadas a la luz de esta rotunda evidencia que es El monarca de las sombras (Penguin Random House)- acompañaron a Cercas durante la larga gestación del mismo y encontraron inesperados sostenedores en algunos amigos. El autor cuenta que cuando le habló de él al cineasta David Trueba, éste le respondió: "¿De verdad vas a escribir otra novela sobre la guerra civil? Pero ¿tú eres gilipollas o qué?". Desoyendo estas voces y su propia voz interior, en tanto iba escribiendo y publicando otros libros, Cercas estuvo indagando en la historia de la Guerra Civil, la intrahistoria de su pueblo natal y el pasado de su propia familia… por si acaso. Durante los últimos años, Cercas regresó al terruño con la mínima excusa a la busca de la memoria personal y colectiva, recuerdos propios y ajenos, los lugares y las gentes con que luego ha construido este nuevo "relato real" suyo, una narración armada a partir de hechos constatados que declina responder a determinados interrogantes: "Un literato podría contestar a estas preguntas porque los literatos pueden fantasear, pero yo no: a mí la fantasía me está vetada", escribe Cercas a modo de declaración de principios.

La historia de este paladín familiar acaba siendo provechosa tanto para el autor como para el lector. A Cercas le permite rendir cuentas con el pasado, su pasado, y descubrir para su sorpresa y alivio que Manuel Mena fue un joven igual a tantos otros en una coyuntura difícil como pocas. No debía avergonzarse, sino apiadarse de él. Manuel Mena se dejó seducir por las promesas de la retórica falangista y se enroló en el ejército con esa épica de tres al cuarto en la cabeza, pero la verdad incontestable de la guerra, en donde los delirios de grandeza no tardan en desangrarse, la verdad incontestada de la guerra, digo, no tardó en abrirle los ojos y convertirlo de nuevo en ser humano, que es preferible al héroe. Al final de esta búsqueda, confiesa Cercas: "Manuel Mena dejaba de ser para mí una figura borrosa y lejana, tan rígida, fría y abstracta como una estatua, […] el símbolo de todos los errores y las responsabilidades y la culpa y la vergüenza y la miseria y la muerte y las derrotas y el espanto y la suciedad y las lágrimas y el sacrificio y la pasión y el deshonor de mis antepasados, para convertirse en un hombre de carne y hueso".

La historia de Manuel Mena también es provechosa para el lector, he dicho. Gracias a esta personalísima práctica del "relato real", Javier Cercas nos hace partícipes de proceso de construcción de la novela, que es el de prácticamente cualquier novela. El escritor no siempre tiene claro dónde va o hasta dónde llegará o qué puede depararle el camino; la escritura es un ejercicio lento, prolongado en el tiempo, continuamente expuesto al azar. Puede suceder, y de hecho sucede más a menudo de cuanto se piensa, que un elemento cualquiera de la narración -un personaje, un paisaje, un pasaje- cobre un peso no previsto y el relato toma un rumbo diferente del prefijado. Los libros raramente son tal cual pensábamos, aunque algunos escritores jamás reconozcan esto. Javier Cercas trabaja con una literatura interrogativa infinitamente más estimulante que esa otra literatura afirmativa que promete al lector un imposible: Que contestará a todas las preguntas.

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