Suerte que el bar no cierra

  • 'Una parker casi nueva'. Mario González Reina. Metropolisiana. Sevilla, 2012. 64 páginas. 14 euros.

Más de un cuarto de siglo después de su primer y hasta ahora único libro de poemas, Dulce nicotina (1984), Mario González Reina (Sevilla, 1958) ha publicado el segundo de la mano de Metropolisiana, cuya Colección Particular tiene en su catálogo a otros poetas andaluces como Manuel Rosal, José Julio Cabanillas o el siempre recordado Vicente Tortajada. Una Parker casi nueva supone pues el regreso de González Reina al juego de hacer versos, que es cosa tanto más seria si en el largo tiempo transcurrido el autor, como se desprende de estas páginas, ha enriquecido su imaginario con experiencias, lecturas y recuerdos de infancia, porque estos últimos necesitan asentarse con los años para convertirse en estampas perdurables.

Las tres fuentes mencionadas protagonizan sendas secciones dedicadas a los gozos de la vida nocturna (Suerte que el bar no cierra), las viejas maravillosas historias de los griegos (Mitologados) y la memoria remota o fundacional de la niñez (Una Parker casi nueva), pero todas ellas comparten un sustrato común que es el que define no ya al poeta, sino al hombre. En la primera, González Reina cultiva el verso urbano de fondo dionisiaco e intención celebratoria, en la jubilosa línea de la poesía de los ochenta. La segunda, muy hermosa, rinde homenaje a los mitos homéricos que fueron su primer alimento y han dejado huella en el lector, que pone voz a personajes de bellos nombres como el poeta Arión o Fílide floreada.

Por azares de familia, el autor vivió de niño en una de las casas paredañas al Alcázar de Sevilla y pudo así disfrutar del privilegio inconsciente de jugar en sus jardines, donde más de una vez -leemos en Romero en ramas- lo reprendió don Joaquín Romero Murube: "La nariz aguileña, el traje negro, / la camisa blanca, el rictus serio". Ese entorno doblemente paradisiaco aporta el escenario de la tercera sección, la más conmovedora y entrañable. González Reina no es un estilista del verso, pero su discurso contiene pasajes emocionantes, imágenes poderosas y una mirada propia. No otra cosa necesita un poeta para merecer ese nombre.

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