Laura Ferrero. Escritora

"Parece que lo disfuncional es sólo lo que sale en el cine"

  • Tras saltar de la autoedición a Alfaguara con 'Piscinas vacías', la autora llega a la novela con 'Qué vas a hacer con el resto de tu vida'

La periodista y escritora Laura Ferrero (Barcelona, 1984). La periodista y escritora Laura Ferrero (Barcelona, 1984).

La periodista y escritora Laura Ferrero (Barcelona, 1984). / jordi bernardó

-Su primer libro como autora, los relatos de Piscinas vacías, lo publicó Alfaguara el año pasado. Pero, antes de eso, sus textos habían aparecido en una plataforma de autoedición, con gran éxito. ¿Cuándo vio que todo el proceso empezaba a salir de lo normal?

-Lo de publicar, autopublicar, los relatos lo hice un poco para sacármelos de encima. Como tantos, siempre he escrito como hobby pero he pensado que publicar, dedicarse a escribir, en realidad es algo muy difícil. Pero les daba los relatos a amigos editores -yo soy editora y periodista- y les gustaban mucho. Pero en fin, ya sabía yo todo lo demás: que era una autora novel, joven, escribiendo relatos... Siempre lees: a Tal le rechazaron en 80 editoriales y luego fue un superventas. Pero yo no tenía energía para eso, para ir pidiendo y para los 80 rechazos. Así que busqué distintas plataformas de autoedición y lo puse en una de ellas. A la semana, estaba en el puesto 30 de Amazon. También es verdad que tengo un blog, que mucha gente me seguía en esa época y funcionó el boca-oreja. A raíz de todo esto, Alfaguara me llamó y me preguntó qué tenía. Les dije que una novela y más relatos, y accedieron a publicarme primero las historias cortas.

-Y el gran salto a la piscina, realmente, era escribir la novela. Imagino que la presión personal no ha debido ser poca: ¡no soy un one hit wonder!

-Se supone que no puedes escribir relatos y novelas a la vez. A mí me ha costado mucho más escribir una novela, claro, aunque ya la tenía empezada y me dije: Bueno, la acabo y a ver qué pasa. Al menos, intentaré que sea tan bueno como los cuentos lo han sido. Luego está la clave emocional, que también se dice siempre, de que la primera novela es donde más carne pones.

-Precisamente, Qué vas a hacer con el resto de tu vida es una historia en la que pone muy difícil preguntar algo que teme mucho la protagonista: cuánto hay en ella de vida propia.

-Al ponerlo, sabía que se preguntaría inevitablemente. El tema es que empecé a escribir este libro queriendo alejarme de lo que me había ocurrido con los relatos: algunos de ellos tocaban temas muy autobiográficos, muy míos, por los que me preguntaban y de los que no me apetecía hablar. Así que aquí quería hacer algo completamente distinto. Llamé Laura a la protagonista para hacerme afín a ella, y pensé que cuando llegara al final le pondría María... pero luego, claro, entiendes que se tiene que llamar Laura. Sobre todo porque mi padre no es geólogo, mi padre no es artista, yo no soy de Ibiza... pero gran parte de su trayectoria, de sus dudas, de sus preguntas e incertidumbres, son las mías.

-Actualizando al bueno de Tolstoi, podríamos decir que no hay familias normales, lo que ocurre es que no se las ha mirado muy de cerca.

-Detrás de toda esta novela subyace el tema de si la vida normal lo es, existe, o lo son las ideas que tenemos en la cabeza sobre familias felices o trabajos soñados. Narrativamente, por otro lado, el tema de la felicidad no daría ni para un relato: la historia empieza a girar en el conflicto. ¿Pueden las historias acabar bien? Esa es otra cuestión. Desde luego, siempre que me he metido en el mismo tipo de conflictos me he esforzado por encontrar un tono parecido a la felicidad.

-Otra de las cuestiones que desarrolla es la definición de disfunción, o de familia disfuncional. Que solemos pensarlo en clichés pero que, realmente, tiene más que ver con la negación de un problema.

-Deberíamos redefinir ciertos parámetros. ¿Disfuncional es que tu madre se vaya de casa?, ¿que tu hermano sea drogadicto?, ¿que tu padre pegue a tu madre? Parece que sólo aceptamos lo disfuncional que vemos en las películas. Pero algo tan simple como una madre que ignora al padre, o la falta de amor, pueden serlo también. Habría que ver qué es lo funcional. Vivimos en un mundo muy de apariencia, muy dentro de lo que son unos límites y lo que no. Los códigos son tan fuertes, especialmente en un país tradicional como es España, donde la religión ha tenido muchísimo peso, que es muy difícil ser permeable a ellos. Familiarmente, hemos de asumir ciertos códigos. Y ahora parece que estamos un poco mejor, pero nos cuesta mucho.

-Es imposible hablar del libro sin hablar de la fascinación por las islas.

-Esa pregunta de ¿qué es una isla? es una pregunta que me he hecho desde pequeña. Miraba el mapamundi y me decía: ¿Por qué Groenlandia es una isla y Australia, un continente? Siempre me han fascinado. Al final, bajo el tema de qué es una isla, subyace el tema de los límites. En la novela, Román es un hombre fascinado por los límites, por encontrarlos y nominarlos. Los faros son otra fuente de fascinación: una vez leí que son guías para los demás, pero que ellos mismos son escudos, y creo que hay mucha gente así.

-Encontrarse a sí mismo es una frase hecha que luego tengo la sensación de que muy poca gente elabora.

-Encontrarse a uno mismo se ha quedado en poco más que en un eslogan publicitario. Realmente, para conseguirlo, para avanzar, tienes que salir de la zona de confort: para eso tienes que dejar cosas atrás, no para huir sino para tomar perspectiva. Hay que vivir con coherencia para saber quiénes somos. Luego, cada uno se cuenta a sí mismo una historia para poder sobrevivir, pero la imagen entera no la puedes ver. Es bueno conocer también las partes que no gusten, aunque no las transformemos en el todo, en lo que nos guía: si estuviéramos todo el rato mirando a las zonas oscuras, sería imposible vivir.

-La protagonista recuerda que nos gustan tanto las historias porque, frente al sinsentido que vemos que es la vida, nos alivia encontrar un mecanismo que funciona.

-Como la pistola de Chejov: si aparece en escena, es que tiene que usarse. Lo que ocurre es que en nuestra vida diaria aparecen 500 pistolas que nadie sabe dónde poner, hay muchas cosas que no se sabe a qué obedecen. Pero la frase es un poco una crítica a esa sensación de que tenemos que tenerlo todo resuelto. Si no entendemos la nuestra, tratar de entender la vida de los demás es un poco utópico.

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