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Humor amargo

  • Nacida del desencanto posterior a la traumática experiencia de su divorcio, 'Stanley y las mujeres' muestra la faceta más atrabiliaria de Kingsley Amis

Kingsley Amis (Londres, 1922-1995). Kingsley Amis (Londres, 1922-1995).

Kingsley Amis (Londres, 1922-1995).

Aunque no hubiera hecho otra cosa en la vida que escribir Lucky Jim (1954), la divertidísima primera novela con la que el entonces treintañero logró notoriedad entre los "jóvenes airados", Kingsley Amis merecería la gratitud eterna de los lectores alérgicos a la solemnidad que tienen en su inolvidable protagonista, emparentado con los primeros personajes de Evelyn Waugh, un modelo no estereotipado de antiheroísmo. Es sabido que el antiguo contestatario, un tiempo comunista y más tarde paladín del "filisteísmo militante", derivó con los años hacia posiciones conservadoras y acabó convertido, como el propio Waugh, en un trasnochado defensor de la tradición más reaccionaria, pero aunque no siempre estuvo a la altura de su indudable talento, Kingsley Amis, que tocaría todos los palos, no perdió nunca su veta corrosiva ni su afición por ir "a la contra", consustancial a un hombre que -como afirmó su hijo el también gran novelista Martin Amis- "cortejaba la impopularidad" y se sentía cómodo en su papel de azote de la progresía. Que fuera además un bebedor furioso, proverbialmente deslenguado, no hizo sino acrecentar su natural propensión a la incontinencia. Pero tampoco dejó de ser nunca, incluso en los años de su declive, un narrador de primera fila.

Publicada por la misma editorial, Impedimenta, que ha dado a conocer sus Cuentos completos y tiene en su catálogo las obras inaugurales de los coetáneos Alan Sillitoe y John Braine, Stanley y las mujeres (1984) corresponde a un momento avanzado y sobre todo traumático de la vida de Kingsley Amis, cuyos detalles conocemos a través de Martin. Se refiere este, en sus excelentes y poco ortodoxas memorias, Experiencia, donde dedica muchas páginas a la compleja relación entre padre e hijo, al divorcio de Kingsley de su segunda mujer, la escritora Elizabeth Jane Howard, como desencadenante de una crisis que se tradujo en un feroz arrebato de misoginia. El prologuista de la edición española, Kiko Amat, cita otros pasajes de Experiencia donde Amis hijo define la obra como un "gruñido de desencanto" o una "novelita perversa en todos los sentidos: ácida, innecesaria, despiadadamente bien estructurada" y cuya ejecución, añade con razón, tiene "algo de innoble". Hay que precisar que Martin Amis no le ocultaba estas opiniones a su padre, a quien había leído -Kingsley se mostraría bastante más desdeñoso respecto a los libros del hijo- con la perspicacia crítica que caracteriza al autor de La guerra contra el cliché. A los bien escogidos fragmentos que recoge Amat podría añadirse este otro donde Martin le habla a Kingsley de la crítica de John Updike a una novela anterior, El caso de Jack (1978), donde a su juicio habría empezado la "curva antirromántica" que llega hasta Stanley y las mujeres. "Dice (Updike) que todas tus objeciones en relación con las mujeres podrían resumirse en lo que dice el profesor Higgins en My Fair Lady: 'Oh, ¿por qué una mujer no podrá ser como nosotros?'". Kingsley responde con un lacónico: "Es 'correcto'".

Esa disparatada convicción impregna una novela que parte como se ha dicho del ajuste de cuentas, pero Amis extiende su rabiosa impugnación al sexo femenino en su conjunto. Hasta la proximidad fonética del nombre del protagonista, Stanley, abona la identificación de sus juicios con los del autor, que se proyecta de igual modo en los demás personajes masculinos -especialmente el doctor encargado de evaluar el caso de su hijo esquizofrénico- que no tienen una opinión mejor ni más ponderada sobre las mujeres -'todas' las mujeres- que aparecen en el relato, tanto su esposa actual -y la madre y la hermana de esta- como la anterior o la doctora, implacablemente caricaturizada, que atiende también al muchacho enfermo. La incorrección, por otra parte, bordeando a veces lo delictivo, no se limita a la cuestión de género. Stanley se considera una víctima y piensa que todo el mundo se ha confabulado para hacerle la vida imposible, aunque lo cierto es que él mismo se retrata como un personaje odioso: racista, antisemita, xenófobo y dominado por los prejuicios regionales o de clase, que como bien apunta el traductor, Eder Pérez Garay, unen o separan a los británicos en cuanto dos hablantes intercambian unas palabras, delatando la procedencia a partir del acento.

Leída hoy, Stanley y las mujeres parece en algunos aspectos una obra remotísima, aunque el tipo humano que describe no deja de ser familiar y cabe la sospecha de que Amis, sin dejar de ser brutalmente sincero, planteara la novela en clave de autoparodia. Hay en ella páginas chispeantes, localizadas en la redacción del periódico donde Stanley trabaja como publicista, en los pubs atestados de Fleet Street o en la gabarra donde unos desconocidos celebran una fiesta desquiciada, pero el humor alcohólico de Amis aparece velado -ensombrecido- por un poso de amargura. La demencia del hijo da pie a consideraciones más siniestras que cómicas, nacidas de un resentimiento que no logra transmutarse en ligereza. Los verdaderos locos, se concluye, son 'ellas', pero a esas alturas el narrador ha perdido buena parte de la gracia.

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