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Brujas y rebeldes

  • Un estudio propone un análisis de la hechicería en Andalucía, fenómeno que emerge como vehículo para subvertir las normas sociales y religiosas y para la "liberación" de la mujer

Detalle del cuadro de Francisco de Goya 'El Aquelarre' o 'El gran Cabrón', pintado hacia 1823. Detalle del cuadro de Francisco de Goya 'El Aquelarre' o 'El gran Cabrón', pintado hacia 1823.

Detalle del cuadro de Francisco de Goya 'El Aquelarre' o 'El gran Cabrón', pintado hacia 1823. / Museo del Prado

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La última persona ejecutada por la Inquisición por razón de brujería en Andalucía se llamaba Dolores López. De ella, que quedó ciega de niña y tenía el rostro arrasado por la viruela, decían que cosía con primor, subía escaleras sin ayuda y podía describir con detalle a cualquiera que se le acercaba. Fue detenida por el Santo Oficio por apóstata, ilusa, pertinaz, obstinada, fingidora de revelaciones y pacto con el demonio, lo que la llevó finalmente a la muerte. El día que salió al auto de fe llevaba una singular coroza pintada con llamas y algunas figuras de diablillos. Su arrepentimiento final le salvó de morir en la hoguera, pero fue ajusticiada al poco a garrote vil. Después, su cuerpo estuvo ardiendo cuatro horas. Ocurrió en Sevilla. El 24 de agosto de 1781.

Su historia, la historia de la beata Dolores, es una de las muchas que llenan el libro de Rocío Alamillos Álvarez Inquisición y hechicería en Andalucía. Escenarios cotidianos en el siglo XVIII. En él propone un análisis de la práctica mágica en sus espacios cotidianos, donde sobresale por su carácter rural y, sobre todo, femenino. "Fue un motor de oposición, velado, respecto al dominio masculino, así como a los mandatos de las autoridades religiosas y políticas", señala la autora, quien, tras el análisis de los casos de represión por el Santo Oficio, apunta a una abundancia de heterodoxias en el ámbito de los afectos: la elección de un marido, la modelación del carácter del esposo, la aparición de terceras personas en el matrimonio, el goce carnal…

En este sentido, Alamillos Álvarez defiende en su trabajo cómo, en muchas ocasiones y con todos los matices posibles, la brujería se convirtió en un instrumento de "liberación" femenina, en tanto que alejaban a las mujeres de lo establecido y las convertía en dominadoras de su situación. Excepcionalmente, el ejercicio de las prácticas mágicas le permitía acceder a una profesión, con ingresos económicos y cierto prestigio y reconocimiento social. Además, su capacidad de aprendizaje y transmisión las hacía partícipes de un control sobre sí mismas. Por último, estos lances les facilitaban tomar las riendas de su vida, configurar de algún modo el núcleo familiar y disponer a su modo y conveniencia las relaciones afectivas.

Tanto es así que la autora de Inquisición y hechicería en Andalucía reconoce en las supersticiosas españolas del siglo XVIII "una de las excepciones al modelo de dominación cultural" de la época, hasta el punto de concederle conquistas al mismo nivel que las atribuidas al movimiento de mujeres de alto estatus social y valores aristocráticos que comenzaban entonces a tener acceso a los círculos culturales. "Mediante la práctica mágica, la mujer podía ejercer una velada resistencia al modelo de dominación social imperante y a los mandatos civiles y religiosos", explica. Entre otras reglas, quebrantaban, por ejemplo, un sacramento cristiano, el matrimonio, con el fin de diseñar un estilo de vida de acuerdo a los intereses femeninos.

Gracias a una importante labor de rastreo -especialmente interesantes son las alegaciones fiscales, ya que resumen los datos fundamentales del proceso-, el libro da cuenta de casos de hechicería destinados a romper relaciones consolidadas, dirigir sentimientos, obtener ventajosos matrimonio y revelar u ocultar amantes. Para este último fin, por ejemplo, la hechicera Tomasa Bueno pedía un hueso de muerto y un trozo de pan casero mojado en semen "de la persona de su cariño" que mezclaba con tres gotas de sangre de la solicitante. El resultado debía ser ingerido, entre complejas oraciones y conjuros -clavar un alfiler, dar golpes en el suelo, lanzar una piedra-, tanto por el esposo como por el amante, según el expediente que se conserva de su causa.

Inquisición y hechicería en Andalucía también incluye ejemplos sobre desesperadas sanaciones, búsquedas de ingresos económicos y localizaciones de familiares lejanos o desaparecidos. De esta última tipología, Alamillos Álvarez narra la exitosa actuación de Ángela de Salas, quien llegó a asombrar tanto a los vecinos de Cádiz que no sabían si declararla santa o hechicera. Según se recoge documentalmente en una actuación con fecha de 7 de mayo de 1774, esta mujer le proporcionó a una solicitante el paradero de su marido en La Habana. Tal información lo corroboró, primero, la inmediata reanudación de la comunicación postal y, posteriormente, el retorno final del esposo a la ciudad andaluza.

El resultado es, en opinión del profesor de la Universidad de Córdoba, Manuel Peña Díaz, autor del prólogo, "una obra donde sobresale la tolerancia de la costumbre en la España de la Inquisición. En muchos casos, los ministros del Santo Oficio aplicaron penas en función de la imaginación. A veces, más que dogmáticos inquisidores nos encontramos con jueces próximos a una lectura racional y negociada de lo cotidiano, y donde la tolerancia tenía sólo un límite: el escándalo". De este modo, en un espacio entre la superstición, la picaresca y la persecución, las prácticas mágicas ampliamente documentadas en esta obra se revelaron como expresiones cotidianas de resistencia. "Ellas incitaban a las dóciles mujeres a abandonar su pasividad y rebelarse sutilmente contra el sistema", concluye Rocío Alamillos Álvarez.

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