la crónica del sábado

El mejor fin de fiesta posible

  • El Arenal se despide de la última cita de mayo hasta el año que viene con altas temperaturas y las casetas en su máximo apogeo

  • El segundo fin de semana, como es tradición, recibe a numeroso público de la provincia

La calle del Infierno, donde están las atracciones, repleta de personas. La calle del Infierno, donde están las atracciones, repleta de personas.

La calle del Infierno, donde están las atracciones, repleta de personas. / reportaje gráfico: rafael a. butelo

Como diría María Jiménez, se acabó. Se acabaron los dardos y los patos, las hamburguesas en el puesto de detrás de la calle del Infierno, los cardenales tras montarse en La Olla, el selfie con la portada de fondo, la cerveza que se calienta al segundo trago, el albero que acompaña a casa como si se hubiese pasado todo el día en la playa. Han sido nueve noches y ocho días de intensa fiesta, pero también de intenso calor (muchísimo calor). Las temperaturas no han dado tregua a las miles de personas que tienen en mayo su bien más preciado y quizá por eso ha habido jornadas en las que el ambiente de bulla ha tardado en llegar.

Eso sí, a esta edición de la Feria de Nuestra Señora de la Salud había que despedirla con honores, por derecho, con rebujito y sombrero de paja para soportar el sol, con el quinto o el sexto traje de gitana que quedaba en el armario y con la idea de que beber cerca del río para después entrar en El Arenal entonado es una supuesta genialidad.

El segundo y último sábado sirvió así para decir adiós por todo lo grande. Las casetas, llenas a la hora de comer; el botellón, lleno a la hora de beber; El Arenal, lleno. De nuevo hizo calor, pero de perdidos al río. Ya no quedaba otra que aguantar el último tirón, como si costara trabajo, y echarse a la calle, cruzar el puente y vivir la Feria, que hasta dentro de un año no se repetirá.

Popularmente a este segundo fin de semana se le conoce como el de la provincia (a pie de calle el de los pueblos), porque los vecinos cordobeses de fuera de la capital acuden en tropel a pasarlo bien a la Feria. Antonio y Luisa y sus hijos (también Antonio y Luisa) se paseaban ayer por el albero de El Arenal a eso de las 15:30: "Quizá deberíamos haber venido más tarde, pero a ver quién le dice a los niños que no", señalaron. Y allí que se marcharon, desde La Carlota, con el sol arriba arrojando temperaturas de hasta 36 y 37 grados.

Las casetas sirvieron los últimos revueltos de patatas y frieron los últimos flamenquines. Familias enteras quedaron en estos espacios -auténticos oasis frente a la barbarie del calor- para que los niños zapatearan en el tablao, mientras los mayores entonaban la garganta con fino de Montilla-Moriles. "No me creo que haya quien mezcle esto con Seven Up", comentaba un purista del fino de la denominación de origen en la caseta La Castañuela.

Y si los mayores consiguieron entonarse pronto, no lo hicieron de manera tan fácil los cacharritos. La calle del Infierno hacía mención a su nombre a primera hora de la tarde y montarse no era buena idea dada la temperatura alcanzada por las barras de hierro de seguridad. Cuando la noche empezó a hacer acto de aparición ya llegaron las familias que, tras la siesta oportuna decidieron que había que darse otra vueltecita por el recinto ferial. El Súper Kanguro, el Castillo del Terror, la Noria (cómo no) ya despacharon sus últimos tiques para hoy empezar a desmontar todo su tinglado.

Y mientras en la zona de las atracciones continuaba dando vueltas el Gigant XXL y seguía con el servicio de cenas el puesto de Hamburguesas Uranga, había un lugar anexo a El Arenal donde la vida feriante se consumía en vaso de plástico. El botellón, un día más, volvió a reunir a miles de jóvenes en torno al banquete que suponen los litros de cerveza, el refresco de marca blanca y las bebidas espirituosas (en muchas ocasiones, también de marca blanca) para después entrar a la Feria y ahorrar, que, como decían algunos, "este año se les ha ido un poco de la mano lo de los precios".

Ya dentro, las casetas habían apagado planchas y freidoras para despejar el interior y dar paso a un sinfín de contoneos que se sucedían a ritmo de una Shakira que se enamora en cada calle de El Arenal (la colombiana ha sido, sin duda, la protagonista musical de esta Feria) y cuyos predecesores habían sido Cantores de Híspalis y Ecos del Rocío (casando a su niña año tras año); siempre con la venia de Luis Fonsi y su éxito Despacito.

Pero la música dejó de sonar y las luces se apagaron para no encenderse hasta dentro de un año. Y con la Feria se fue también mayo, aunque queden tres días, porque aquí mayo empieza cuando quiere (allá por abril, con la Cata del Vino de Montilla-Moriles) y se termina cuando se sirven los últimos churros. Hordas de personas caminaban así, sobre las 6:30, hacia unas paradas de Aucorsa con polémica en esta edición y hacia las salidas de El Arenal, su puente y su ribera para dejar el domingo como un día de descanso (que ya toca). Y ya hasta el año que viene donde las ganas estarán renovadas para volver a hacer pleno de Feria. Por ahora, sólo suena María Jiménez y su se acabó.

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