Una jornada para no recordar

En aquellas fechas, los atentados de la banda terrorista ETA eran una constante en la vida de los españoles. Por desgracia, todos seguían el mismo negro y triste ritual: explosión a primeras horas de la mañana, avance telegráfico por agencias y en las emisoras de radio pocos minutos después. Conforme avanzaban las horas se iban conociendo más detalles sobre la macabra acción, como daños, kilos de explosivos y los siempre dolorosos datos de las víctimas.

La probabilidad de un atentado terrorista en Córdoba no se correspondía con el riesgo. Que la ciudad no estuviese acostumbrada al ruido de las bombas o del tiro en la nuca no quiere decir que estuviese al margen de la ruleta rusa que suponen las acciones de la banda armada. Pero aquella mañana del 20 de mayo de 1996 una explosión congeló el aliento de los cordobeses. Era la hora en la que las calles estaban llenas de quienes se dirigían a sus trabajos y la noticia corrió como la pólvora. A los pocos minutos se sabía que una bomba de ETA había explotado en la avenida de Carlos III. Instantes después se informaba de que había un fallecido.

La ciudad se preparaba para la inminente Feria de Mayo después de haberse metido entre pecho y espalda la Cata del Vino, las Cruces de Mayo, el Concurso de Patios y todos los aditamentos festivos de cada año. Aquella explosión cortó de plano las ganas de diversión de quienes vieron cómo la violencia terrorista era capaz de llegar hasta la misma puerta de sus casas.

El escenario del crimen era lo suficientemente conocido por todos como para recomponer sin dificultad los datos que iban dando las emisoras de radio. La explosión del artefacto ocurrió ante el número 3, en los comienzos de la avenida, junto a la glorieta de Chinales.

Multitud de cascotes y millares de trozos de cristal brillaban sobre la calzada en una luminosa mañana de mayo. La Policía había acordonado una zona extensa, pero los curiosos, todos con gesto contrariado, miraban el coche rojo que estaba reventado y la fachada a la que le habían pegado un bocado. En este edificio, en un balcón sobre un taller mecánico que había ahí entonces, se asomaba una pareja para ver el jaleo que había en la calle. Era, en ese momento, el piso más afectado, y el matrimonio Mudarra Barbero fue protagonista en una mañana en la que todos creían que no se volvería a escuchar el sonido de las bombas.

En casi todas las ventanas de esta parte de la avenida había gente asomada. Algunos bajaron a la calle para contar a quienes les querían escuchar cómo habían escuchado la explosión y para, de paso, exponer sus conjeturas sobre el atentado. En los jardines de la acera contraria de Carlos III aparecieron pedazos de no más de diez centímetros del duro plástico del contenedor de basura en el que se había escondido el explosivo, junto a la zona donde dejaban aparcar a los coches de las autoridades y a las unidades móviles de los medios de comunicación.

Aquel día Córdoba estaba sin gobernador civil. Esa misma mañana tomaba posesión en Sevilla José Antonio Linares, quien llegaba al cargo tras la victoria electoral del PP, quien, acompañado de todo el séquito de ministros y delegados del gobierno llegaron a un lugar de los hechos en donde el alcalde, Rafael Merino, estaba al mando de la situación.

La noticia del atentado de Córdoba copó los informativos del mediodía de todas las cadenas de televisión. El nombre del sargento Miguel Ángel Ayllón engrosaba la lista de víctimas de ETA, a la que había que añadir los de otras personas que resultaron heridas por la deflagración.

Por la tarde, Carlos III se llenó de curiosos. Todos querían ver en vivo lo que les había ofrecido al mediodía la televisión. Nadie sabía que quedaban aún dos coches bomba, con 200 kilos de amosal, juntos a los que muchos pasaron y que uno de ellos, incluso, fue movido por la Policía, fue explosionado ocasionando daños en otros bloques de la avenida.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios