Córdoba

La flor que nunca se marchita

  • Martín de Roa, 9, Tinte, 9, San Juan de Palomares, 11, Pozanco, 21, Parras, 6 y Marroquíes componen una ruta alternativa de recintos clásicos, con solera y multipremiados

Hay macetas que contienen más historia que las piedras. Claveles que aguardan un año entero para adornar mayo tras un letargo constante. Tallos que agarran en tapones de botella. Hay patios que cuentan la fiesta más grande de mayo desde hace muchísimo tiempo. Son patios premiados que no abren por haberlo sido. Son los patios de siempre, los que nunca fallan, los que siempre están dispuestos a enseñarle al turista las bondades de una ciudad que deposita en sus macetas más esperanza que en sus bancos.

Los recintos que aquí aparecen, calificados como clásicos por no decirles eternos, podrían ser completados con todos los patios del festival. La idiosincracia de cada uno de ellos, sin embargo, llama a alistarlos bajo un sobrenombre que podría acompañar al resto. Con ello, la historia que acompaña a estos seis espacios es la misma que en su día encandiló a la Unesco cuando cercioró que la fiesta debía ser algo más. A sus espaldas acumulan hasta 140 premios, muchos de ellos primeros, que llevan adornando en forma de azulejo sus paredes y zaguanes desde hace años (en algunos casos más de 70).

En el Alcázar Viejo comienza esta ruta por lo clásico que no podía dejar de tener en el barrio de patios una representación. Martín de Roa, 9 tiene el gusto de estar muy cerca de la segunda escultura que el Ayuntamiento le dedicara en su día a los cuidadores de los patios. La obra, de José Manuel Belmonte y que muestra a un niño subido a una escalera con su abuelo tendiéndole una maceta, lleva tres años siendo la estampa preferida de los turistas que visitan los recintos. No son ni las 11:00, hora de apertura, y absolutamente todos los patios del barrio tienen a gente haciendo cola. El número 9 de Martín de Roa comparte entrada con el 7 y no son pocos los que se sorprenden por haber esperado para encontrarse con este 2x1 patiero. Lo más característico de este patio es su gran altura de muros que permite bañarlos de macetas y que haya que levantar la vista para disfrutarlo en su totalidad. Varias familias conviven en este espacio de chino cordobés donde Manuel García apremia a los visitantes a disfrutar también del de al lado. "Vámonos para el 7 que se va el autobús", se escucha al salir por el estrecho corredor que da salida a este espacio.

Desechar las rutas establecidas permite observar recintos muy distintos entre sí, aunque el camino de lo tradicional siempre lleve a elementos comunes. Del Alcázar Viejo a Santiago está la Mezquita. En este camino por lo clásico todo tiene sentido, aunque a veces resulte incomprensible que las colas acaparen unas calles y dejen huérfanas a otras. La tranquilidad de la calle Tinte aporta al patio de Ana Muñoz el aire de sosiego que se le presupone a estos oasis. Permite ver a las vecinas acercarse a las ventanas para pedir una revista o para llevarla a la iglesia. Ana no se encuentra, pero las virtuosas manos se perciben en cada uno de los pequeños tarros que decoran las paredes, de donde salen plantas que no le agarran a nadie, sólo a ella. "A mí se me mueren hasta los cactus", reconoce una vecina cercana que confiesa que su colección de plantas se limita a un aloe vera que "lo resiste todo".

Hay que abandonar la zona de Santiago para visitar el siguiente patio, San Juan de Palomares, 11, en San Lorenzo y fuera de concurso por ser la sede de la Asociación Claveles y Gitanillas. La estampa es cuanto menos rara porque de repente, por la puerta de este recinto, sale una moto de la Policía Nacional. Los agentes allí presentes se sacan fotos para una campaña y los turistas que hasta allí se acercan se quedan extrañados. Tanto o más extrañados que cuando admiran los hermosos limones de un patio que consiguió su primer accésit en el año 1935, poco después de que se creara el certamen. Es un recinto, podría decirse, de foto, por contener en su interior todo lo característico: chino cordobés, tejas, escalera, lavadero y pila y pozo. Es ejemplo para el resto y su palmarés lo confirma con una docena de primeros premios, seis segundos, cuatro terceros, cinco cuartos, un quinto, un octavo, dos accésit y otras tantas menciones de honor.

Apenas cinco minutos a pie separan a San Juan de Palomares, 11 de Pozanco, 21, en una ruta de San Lorenzo que se entremezcla inevitablemente con la de Santa Marina-San Agustín. El estrecho pasillo por el que se accede a Pozanco, 21 es su seña de identidad. También lo es Elisa Pérez, que no falta nunca a un certamen que le ha reconocido poco su labor para con la fiesta. Las macetas estrechan más el acceso a este espacio donde Elisa descansa sobre una mecedora desde la que da las gracias a todo el que por allí circula. El color verde oscuro de sus macetas que recogen una ingente variedad floral aporta un aire histórico a este patio centrado en un limonero que da sombra a ese espacio abierto tras el estrecho corredor.

A pocos metros de allí, en la calle Parras número 6, una señora se lamenta porque sus hortensias tienen unas flores "chiquitísimas". Le pide consejo a Rosario Cantillo, la cuidadora de este espacio, que le explica que "hay que dejarle unos nuditos en el tallo". Conversaciones de botánica se entremezclan en esta casa donde nació Pablo García Baena y en la que la galería de madera contrasta con un pozo metálico donde se pasea a sus anchas una vetusta tortuga.

Esta clásica ruta finaliza en el número 6 de la calle Marroquíes. Bajo la imponente sombra de Santa Marina se alza este patio que más patio es un barrio habitado por quienes lo cuidan. Vecinos y artesanos son los que mantienen uno de los recintos más premiados de todo el concurso. Guarda tantos rincones que puede visitarse en numerosas ocasiones y redescubrirlo en cada una de ellas. "Si yo viviera aquí no me iba ni a la playa en verano", comenta una turista de acento madrileño mientras saca foto a cada buganvilla.

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