Dos conventos de monjas y la estatua de un obispo

  • El duque de Sessa cedió su casa solariega para que se establecieran en Córdoba las religiosas capuchinas

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La plaza de Capuchinas tiene la mala suerte de estar casi escondida y de tener un nombre que se parece mucho al del lugar donde está el Cristo de los Faroles. Por estos motivos es frecuente encontrar a cordobeses que no saben situarla con exactitud en el plano.

Su denominación es obvia y se debe al convento de esta orden franciscana que se encuentra al fondo de la plaza y que se levantó en la casa solariega de los duques de Sessa, descendientes del Gran Capitán, porque una de sus hijas quiso ingresar como monja. De esta época conserva el edificio importantes vestigios de arquitectura mudéjar, como un claustro y algunos salones. El resto del edificio se construyó a principios del siglo XVIII gracias al impulso, y a la financiación, del obispo Marcelino Siuri, cuyo escudo campea en la fachada de la iglesia junto a las huellas de la metralla que dejaron los bombardeos que sufrió la ciudad durante la guerra civil. En el interior llama la atención el retablo, que conserva la madera en su color.

Junto a este convento se encuentra el de las hermanas de la Cruz, que ocupa la casa que hace esquina con Alfonso XIII. La llegada a Córdoba de la orden fundada por sor Ángela de la Cruz y su establecimiento en este lugar se debe al ganadero Salvador Guardiola y a su esposa, María Luisa Domínguez, en memoria de su hijo Joaquín, víctima de una muerte violenta.

Entre ambos conventos se alza el monumento dedicado al obispo Osio en 1929, obra de Lorenzo Collaut Valera. En la escultura se representa al prelado en el momento de proclamar las frases del Credo que combatían la herejía arriana.

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