Supervivientes sin techo

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La ciudad va oscureciendo y sus calles, que bullían hacía sólo unos minutos, están prácticamente vacías. El mercurio marca siete grados, pero la ligereza con la que sopla el viento hace que el frío sea aún más intenso y que, por tanto, sólo apetezca guarecerse en el hogar y sentir su calidez. A Joseph, un húngaro de cincuenta y pocos años, le suena todo esto a cuento chino o, como mucho, a vago recuerdo de una infancia que tampoco fue para tirar cohetes. Lleva décadas de un país a otro sin disfrutar con esa sensación hogareña y sólo se preocupa de pasar el día de hoy de la mejor manera posible sin pensar en lo que mañana le pueda ocurrir. Joseph es sólo uno de los más de medio centenar de sin techo que cada noche luchan contra la soledad y el frío, enemigos que se han convertido en fieles compañeros de viaje.

Joseph es incapaz de hacer planes que vayan más allá de tres o cuatro días. Aún así le parece que es demasiada previsión pensar en lo que va a hacer pasado mañana o el fin de semana que viene. Llegó a España para hacer el Camino de Santiago y desde entonces no se ha movido de la vieja Hispania de los romanos. Ha pasado por decenas de municipios y en todos se ha buscado la vida como ha podido. Ha trabajado en la agricultura, la construcción, la carpintería y hasta ha hecho ceniceros y lapiceros con latas de refresco vacias. "No hay cosa que no pueda yo hacer si Dios quiere que la haga, porque él me da la fuerza cada día", matiza este húngaro mirándose a una austera cruz que lleva colgada del cuello.

Los sin techo, como así se conoce a las personas que viven en la calle porque carecen de vivienda, tienen pocas cosas en común pero sí un único objetivo. Se consideran supervivientes de un mundo en el que la suerte no ha sido, ni de lejos, su mejor aliada. Joseph, como Adoración o Antoñi, van siempre con el equipaje encima y rara vez miran atrás. En un macuto guardan un pantalón lleno de rotos y un abrigo a medio zurcir, un par de mudas y alguna manta ligera. Es todo lo que tienen en la vida y tratan de conservarlo como pueden. Otros, sin embargo, como es el caso de Antonio y Gaspar, van ligeros de equipaje porque dicen tenerlo escondido en un lugar de la ciudad. "Vamos cuando nadie nos ve y cogemos lo que nos hace falta", aclara Antonio, que añade que éste será su primer invierno en la calle. "Yo antes tenía mi casa, pero me disgusté con la familia y vivo en la calle", subraya.

También les une la forma en la que pasan los días. Después de levantarse, buscan un lavabo o una fuente en la que asearse. A veces, afirman algunos, esto se convierte en una auténtica aventura, ya que no son muchas las puertas que se les abren para que puedan optar a un lavabo en el que cepillarse los dientes y enjuagarse la cara. El almuerzo es una tarea algo más fácil, ya que en la capital hay instituciones y colectivos -como Pro-Libertas, de los Trinitarios- que se encargan de que a nadie les falte un trozo de pan o un plato de sopa caliente que llevarse a la boca.

La búsqueda de trabajo es, quizás, el trago más amargo de la jornada. Muchos sin techo consideran que encontrar un empleo estable es prácticamente una utopía y, después de ver cómo decenas de puertas se les han ido cerrando, han caído en la desidia más rotunda. Antonio, que vive en un cajero del barrio de El Arenal con su consuegro, recuerda que hace algunos años trabajaba de guardacoches y que actualmente recibe una pequeña paga, pero "insuficiente" para alquiler una vivienda. Otros, como Adoración, nunca han recibido un sueldo, pero se afanan en que algún día les den una oportunidad.

El pasado les pesa como una losa. Las drogas, el alcohol, el juego o la prostitución son enemigos que les siguen. Puede que no hayan elegido esa vida, pero cada día han de buscarse un par de cartones para echar una sábana sobre ellos y esperar a que alguien les alegre la noche con una café caliente. "Es así de triste, pero vivo de lo que me den los demás", afirma Adoración, una cordobesa que años atrás tuvo la vida "resuelta" pero que vio cómo se le fue por la borda.

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