Pupitres para los mayores que ahora pueden aprender

  • Córdoba es la segunda provincia de España con mayor tasa de analfabetismo, a pesar de los esfuerzos en reducirlo

Hasta hace apenas dos años, Carmen Rosales no sabía firmar; es más, para poder sellar cualquier documento oficial tenía que dejar sobre el papel su huella dactilar. Pero eso se acabó. Cansada de "poner el dedo" cada vez que tenía que dejar constancia de algo y gracias a los consejos de su familia, decidió inscribirse en el centro de mayores Occidente, que comparte espacio con el colegio Alfonso de Churruca, y aprender a leer y a escribir. A sus 66 años, Rosales reconoce que ahora ya sabe firmar y que la lectura es lo que más trabajo le está costando.

La historia de Carmen Rosales, que trabajó durante muchos años en Alemania, es muy parecida a la de la mayoría de los alumnos que asisten a este tipo de centros en la capital y desde los que se pretende combatir el analfabetismo.

Estos espacios son de vital importancia para las personas de mayores de 65 años. Gran parte de ellas tuvieron que abandonar sus estudios cuando eran niños para ponerse a trabajar y llevar un poco de dinero a sus casas. Según el último estudio publicado por la Fundación BBVA Actividad y territorio, un siglo de cambios, Córdoba es la cuarta provincia española con la mayor tasa de analfabetos; en concreto, un dos por ciento de hombre y un 6,5 por ciento entre las mujeres. Además, la capital, 40 años después, continúa como una de las ciudades españolas con más analfabetismo también, a pesar de todos los esfuerzos que ha hecho desde la Administración pública para intentar reducirlo.

Rafael Guzmán se encarga de dirigir cinco centros para corregir esta deficiencia, tanto entre la población mayor, como entre los más jóvenes. El de Occidente es uno de ellos y, a él acude todas las tardes un buen número de mujeres -la presencia de hombres es mínima- para intentar recuperar el tiempo que no pudieron aprovechar cuando eran niñas. Las clases se estructuran en cinco niveles, comenzando desde las cotas más básicas, donde se enseña a leer y a escribir y también a contar del uno al cien, hasta el nivel número cinco, el de mayor formación. Guzmán reconoce que cada uno de estos cinco centros tiene su propio perfil de alumnos, ya que, por ejemplo, en el Luis de Góngora, ubicado en el Sector Sur, "la población está más envejecida", mientras que el grupo de alumnos del centro del Parque Cruz Conde "es más heterogéneo". El Occidente es otro de los espacios que Guzmán dirige y actúa como matriz del resto. El principal objetivo es "conseguir que los alumnos alcancen las expresiones mínimas de lectura, escritura y cálculo", apunta y reconoce que en ello tardan cerca de tres años. Y es que la asistencia a clase no está obligada y, además, la población mayor no acude con tanta rigidez como los alumnos de Educación Primaria o Secundaria y, en numerosas ocasiones, faltan a clase por motivos de salud o, simplemente, porque no pueden, ya que tienen que cuidar de sus nietos o están enfermos.

Lola Martín nació en 1930. De pequeña no pudo estudiar porque "tuve que cuidar de mi tata". Durante 17 años ha asistido de manera intermitente a clases en el centro Occidente, aunque de modo continuado tan solo dos. Es la mayor de siete hermanos y se casó joven. "No me arrepiento de nada porque fue maravilloso", asegura y reconoce que para leer y escribir necesita "mucha paciencia" y que aprender le costó lo suyo. Ahora, con los conocimientos básicos confiesa estar "muy contenta".

El encargado de impartir clase a Lola Martín y a otros 20 alumnos más de este grupo de formación base del centro Occidente es Luis Mateo, quien explica que a pesar de lo elevado de la edad de sus estudiantes "ponen mucha ilusión". El docente, que lleva 23 años impartiendo clases a adultos, se sirve de unas curiosas técnicas para enseñar a sus alumnos porque "no todos tiene el mismo nivel". Lo importante, explica, es que "conozcan un poco la grafía de las letras y el abecedario". Para ello, pone ejemplos de las palabras "que más les llenen, es decir, palabras generadoras, como piso". A continuación, el profesor divide la palabra en sílabas y propone a sus alumnos la construcción de nuevos vocablos con cada una de las sílabas; en el caso de piso, por ejemplo, pizarra, pijama o pilona. Mateo reconoce que la construcción y la escritura de nuevas palabras "les cuesta porque no han visto las letras en su vida". A pesar de las dificultades, el docente destaca una y otra vez el interés que ponen sus alumnos porque "son una población que no ha tenido ninguna opción".

No obstante, antes de entrar en estos cursos los alumnos han de pasar por unas pruebas de nivel de números y letras que sirven al profesorado de todos estos centros para conocer la formación con la que llegan sus estudiantes.

Natalio Aguilera es uno de los tres profesores del centro del Parque Cruz Conde. Señala que la rapidez con la que aprende este grupo de población depende, en gran parte, de su edad y calcula que el tiempo que tardan en aprender a leer y escribir ronda entre los cuatro y cinco años. "Ponen mucha voluntad, pero en su contra tienen las limitaciones propia de su edad", asegura.

Con ocho años, Antonia Lora dejó la escuela y se puso a recoger aceitunas en el campo. Se casó y tuvo un hijo que da clases de Filosofía y Letras en Japón desde 1982. Ese año mismo año se dio cuenta de que necesitaba aprender a leer y escribir porque "fui a rellenar un paquete a Correos para mandárselo a mi hijo y no pude". Así, Antonia decidió apuntarse a las clases pero no asistía con mucha regularidad porque tenía que cuidar de su marido; el pasado curso, su esposo falleció y retomó las clases y ahora asegura sí que puede enviar paquetes sin problemas a Japón.

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