Editorial: La polémica debe acabar

EL Cabildo Catedralicio ha dado un primer e importante paso para que concluya la enorme polémica que de unos años para acá envuelve a la Mezquita-Catedral, y que tan perniciosa es para los intereses y la imagen de Córdoba. Tal movimiento consiste en cambiar la designación del monumento y templo religioso en trípticos y rótulos, de tal modo que se abandona la fórmula Catedral (antigua Mezquita) para llamarse Conjunto Patrimonial Mezquita-Catedral. La Iglesia, de este modo, desanda sus propios pasos con buen juicio y humildad, como corresponde cuando uno se equivoca, y trata de poner fin a una eterna bronca pública que comenzó en el año 2010 cuando el obispo de la Diócesis, Demetrio Fernández, defendió que la Mezquita no es tal sino únicamente un templo católico. La postura del prelado, contraria a lo tradicional en Córdoba, no caló sin embargo en la ciudad ni en la sociedad, que siguió llamando al edificio de la forma habitual, por lo que la relectura del señor Fernández sólo sirvió para alimentar tensiones y como germen de la Plataforma que reclama el uso del término Mezquita y, además, la titularidad pública del inmueble. Y es ahí, en la Plataforma y en los partidos políticos que la respaldan, donde queda ahora la pelota después del movimiento del Cabildo. O sea, que la decisión de la curia puede verse como una victoria del movimiento ciudadano, sin duda, pero también como una llamada de atención en el sentido de que nadie se puede mantener en el inmovilismo. O sea, que tanto la Plataforma como los políticos deben entender que ha llegado la hora de cerrar una polémica que nunca se debió de haber producido y que ha llevado el nombre de Córdoba para mal por los principales periódicos del mundo. No quiere decirse con esto que el colectivo tenga que abandonar su pretensión de que la propiedad de la Mezquita pase a ser pública, pues tal aspiración es legítima, pero sí que debe luchar por tal fin en los juzgados, que es donde se dirimen los problemas que puedan surgir en torno a una propiedad, y sacar el asunto del circo mediático y del estéril debate electoralista y oportunista. Seguir sin embargo con la misma dinámica que hasta ahora sería un gravísimo error que significaría no haber entendido nada de nada y una muestra de desprecio por los intereses de una Córdoba que no se puede permitir el lujo de ensuciar su imagen con conflictos en lo referente a su edificio más simbólico. La polémica pública debe acabar cuanto antes, con urgencia, para que la Mezquita-Catedral (que así se le ha llamado siempre en este diario) sea un punto de encuentro y orgullo para los cordobeses y no alimento para la confrontación.

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