Crítica de Cine

Éste es don Pantuflo Zapatilla, no Poirot

Kenneth Branagh, en una imagen de la película que él mismo dirige. Kenneth Branagh, en una imagen de la película que él mismo dirige.

Kenneth Branagh, en una imagen de la película que él mismo dirige.

Contratar a Michael Green, guionista de Logan, Alien Covenant o Blade Runner 2049, para adaptar la famosa novela de Agatha Christie es un error sólo comparable al de encargarle la dirección y la interpretación a Kenneth Branagh, error extensible al resto del casting del que sólo están bien Derek Jacobi y Judi Dench porque ni aunque quisieran podrían estar mal. Éstos y otros errores convierten esta película en un producto, más que bueno o malo, superfluo e irritantemente hinchado.

Branagh necesita 20 minutos prescindibles que nos llevan de Jerusalén a Estambul para que el Orient Express arranque en medio de una orgía digital de colorines y planos supuestamente sugestivos y espectaculares. A Sidney Lumet le bastaron en 1974 unos minutos, un vals de Richard Rodney Bennet y un decorado en el que reconstruyó la estación de Estambul con la evidente intención de que se notara que era rodaje en estudio para que arrancara la mejor versión cinematográfica de una obra de Agatha Christie junto a Testigo de cargo de Billy Wilder, con Albert Finney como el mejor Poirot jamás interpretado y más fiel al personaje, y un reparto que reduce el de esta versión de Branagh a dimensiones liliputienses: si aquí actúan unos flojos Penélope Cruz, Willem Dafoe o Johnny Depp, más una Michelle Pfeiffer en un limbo de ni fú ni fá, a bordo del Orient Express de Lumet viajaban Lauren Bacall, Martin Balsam, Ingrid Bergman, Sean Connery, Jacqueline Bisset, Sir John Gielgud, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave o Richard Widmark. El que inventó aquello de que las comparaciones son odiosas debía de temerlas.

Todas las películas de Branagh que no se basan en obras de Shakespeare son un churro. Y cuando se cruza con un buen texto lo destroza, caso de su versión del Frankenstein de Mary Shelley que James Whale había convertido en un clásico del cine, de La huella de Anthony Shaffer a partir de la que Mankiewicz rodó su juguetona gran película o de La Cenicienta de Perrault que Disney transfiguró en dibujos animados con su genio habitual. Que estos genios hayan rodado versiones extraordinarias de estas obras no corta un pelo a Branagh, que debe de tenerse por mucho más de lo que es pese a la evidencia de su filmografía. Su caracterización (guiada por la ególatra obsesión por diferenciarse) convierte a Poirot en una especie de don Pantuflo Zapatilla, el padre de Zipi y Zape. Los actores no logran que funcione el juego de personajes. El encanto detectivesco de salón de Agatha Christie se pierde. Los toscos y gratuitamente enfáticos efectos digitales aproximan el Orient Express al Polar Express de Zemeckis. Y hasta ese buen y discreto músico que es Patrick Doyle, habitual colaborador de Branagh, pierde el oremus. Mejor dejar pasar este tren.

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