Crítica de cine (SEFF 2017)

Las cosas cambian

Isabelle Huppert repite con Serge Bozon en la comedia fantástica 'Madame Hyde'. Isabelle Huppert repite con Serge Bozon en la comedia fantástica 'Madame Hyde'.

Isabelle Huppert repite con Serge Bozon en la comedia fantástica 'Madame Hyde'.

Antídoto perfecto de las cintas sobre profesores progres en clases problemáticas, Madame Hyde consiste en un deshielo producido por un fuego que se desmadra. Y resulta curioso que el calor sea algo que se echaba siempre en falta en la filmografía del actor y director Serge Bozon, un cineasta-cinéfilo puede que demasiado cerebral, aunque su peculiar humor, un slapstick desinhibido y orgulloso de serlo, haya proporcionado asueto a bastantes espectadores cansados de las solemnidades y crueldades del cine de autor europeo.

Al igual que en Tip Top, cima y epítome del previo cine mecano de Bozon, el cineasta recurre a una translúcida Huppert para ganar audiencia y proponerle retos a un cuerpo (¡y una voz!) demasiado expuesto por las películas de prestigio: para Bozon, sin embargo, parece el médium perfecto para torcer un filme de apariencia cómica pero que se va cargando de una inclasificable energía que trasciende la risa en rumbo a otra cosa. En la ficción, que por momentos recuerda a las parábolas fantásticas del primer Brisseau -sólo en lo que se refiere a la combinación de inocencia y gravedad-, la libre caída en el relato de Stevenson, la duplicación de la profesora Géquil en su doble de luz cegadora, permite extraordinarios momentos de planos-pizarra (como los de la clase particular), en los que el pensamiento se aparece como una virgen laica ante los ojos del alumno descreído y odiador.

Madame Hyde, que habla de transiciones, trastornos, revelaciones y marcas imborrables, supone asimismo una nueva entrada de Bozon en la mezcla inaudita de géneros; mucho más lograda, en nuestra opinión, que la de aquel particular musical bélico que fue La France (2007). Aquí la principal referencia en este sentido parece ser la de Jacques Tourneur y su inalcanzable manera de balancear universos con mínimos vaivenes expresivos y sucintos componentes. Bozon, aquí, le va a la zaga, entrando en el régimen nocturno de la imaginación sin plegarse a más convenciones que la de los elementos.

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