Saetas en el Campo de la Merced, ayuno y abstinencia

anecdotas para el devocionario· En las primeras décadas del siglo, el Miserere de la Catedral de Córdoba en la madrugada del Jueves Santo, congregaba a gran cantidad de cordobeses y foráneos. Su autor era Juan Antonio Gómez Navarro, maestro de capilla del templo. Contó con grandes voces para su interpretación como Granados, Bezares, Rodríguez Cisneros o Lozano Palma y otras internacionales. · La tradicional romería de San Benito de Obejo no se pudo celebrar en el año 1940. La fiesta coincidía con el Jueves Santo de luto y, por tal motivo, fue expresamente prohibida por las autoridades provinciales.· El Concurso de Saetas del 24 de marzo de 1937 en el Gran Teatro, tuvo como jurado al alcalde Castanys, Ricardo Moreno, Manuel García y Antonio Arévalo, hermano de Francisco Arévalo que resultó ganador con la siguiente letra: "Plazuela de Capuchinos,/convierte tu suelo en flores,/ que pasa por tus caminos/ la Virgen de los Dolores/dando consuelos divinos".

Matilde Cabello | Actualizado 30.03.2010 - 01:00
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1926. El resurgir de la saeta que provocara el concurso de 1925, congregó a multitud de cordobeses el Miércoles Santo en el Campo de la Merced, con la fachada del templo como escenario. La gente buscó la sombra de los árboles y aguantó pacientemente la hora en que, por orden pero de forma espontánea, fueron surgieron los participantes, con las voces femeninas como principales protagonistas.

Fue testigo de excepción Julio Romero de Torres, que formaba parte del jurado. Enfundado en su capa negra, bajo el sombrero cordobés, sentenció: "La saeta parece compuesta para hacer vibrar en los aires las palabras de los salmos". Mujeres de todas las edades fueron impresionando: niñas de doce años como La Varona; la anciana Mansilla, que vinculaban con Lagartijo el Viejo; la bailaora Luisita Cortés, que triunfaba en los tablaos de Sevilla o La Velasco, que soltó al niño de pecho para salir a cantar. Pero de todas las voces, llamó la atención del pintor, y de todos, la de una muchacha que, sin presentarse a concurso, cantaba al día siguiente al Cristo de Gracia en un altar de la calle Zarco: "Señor de Gracia te pido/ que vuelvas la vista atrás/ y a los ciegos les des vista/ y a los presos libertad". Se llamaba Antonia Fernández León. Era un Jueves Santo de 1926.

1940. Los tres días de luto de la Semana de Pasión lo eran también de ayuno y abstinencia en las década de los cuarenta. Para hacer cumplir estas premisas, el 20 de marzo de 1940, un bando firmado por el alcalde Manuel Sarazá Murcia prohibía, desde las 12 de la mañana del Jueves Santo y hasta las 10 del Sábado de Gloria, "el despacho de bebidas alcohólicas, y que estén abiertos los establecimientos en que se expenden". La orden se hacía extensible a la "venta de carne y embutidos, así como a las comidas que quebranten el precepto de abstinencia", y a la circulación de "toda clase de vehículos excepto por los caminos de ronda". Con relación al comportamiento público de los ciudadanos, se les prohibía el "estacionamiento en las calzadas", sobre todo en la tarde del Viernes Santo y en las calles adyacentes a la (entonces) plaza de José Antonio, para facilitar el paso del Santo Entierro. También se invitaba a la población a mantener una "mayor limpieza y aseo en las fachadas y en los edificios y que adornen con plantas los balcones".

1950. El Viernes de Dolores preámbulo de la Semana Santa cordobesa, coincidió en 1950 con el último día del mes de marzo. La plaza de Capuchinos no amaneció ese día con su conmovedora estampa solitaria. Desde primeras horas de la mañana, los devotos aguardaban a las puertas de la iglesia de San Jacinto para asistir a la única misa, anunciada a las nueve de la mañana y que se alargó hasta bien pasadas las once. Tras los actos, y siguiendo la tradición, la Hermandad de los Dolores sirvió un almuerzo especial a los residentes del asilo. Además del menú festivo, era frecuente invitarlos a dulces, licor y tabaco. Las puertas del templo se cerraron hasta las cinco de la tarde, hora en que de nuevo se congregó el personal en la plaza, y fue tal la aglomeración que se hizo necesario poner orden, dividiendo al público en distintas colas. El tumulto hizo que se buscaran soluciones urgentes y, en años posteriores, comenzaron a celebrarse tres misas, desde las cinco de la madrugada hasta las once de la mañana, y las puertas de la capilla permanecieron abiertas durante más de veinte horas. Aún así, seguían produciéndose largas esperas, por momentos, y las visitas de los devotos a la Señora de Córdoba eran ininterrumpidas.
1 comentario
  • 1 Conchita 30.03.2010, 11:03

    Interesante página, si señor. Gracias Matilde por ella.

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